El maestro Fortunato Sánchez Flores, era bajito, de complexión maciza, sin llegar a gordo; güero, narizón, labios delgados, pálido y colérico. Lo denotaba su enrojecimiento de rostro, su voz que aumentaba de velocidad de los diálogos, su caminar, a grandes zancadas, cuando algo no salía como el quería.
Como cuando le dió por sembrar chayotes y plantas de estropajo, cerca de los colmenares.
Crecieron las plantas de chayotes bonitas, con sus verdes tallos, largos, que se enredaban en otras plantas, como los árboles de naranjas cuchas.
En la primera y única cosecha que hubo de esos chayotes, nos regaló el maestro a mi abuelita y a mi, 2 frutos tiernos del chayote.
Los vi, los olí, tan fresquecitos, parecían forrados de terciopelo verde, como con espinitas.
Un manjar.
Y los demás frutos, de esas plantas, los chamacos que los hacen pedazos un día cualquiera.
Los agarraron en unas guerritas, quedaron pedazos de chayote, por todo ese solarcito, entre las plantas de maíz, de coco, y las flores.
Siento que le fueron apagando su espíritu emprendedor al maestro Fortunato Sánchez Flores, cuando llegó al pueblo, se parecía mucho a sus abejas.
Nadamas, le faltaba zumbar de lo activo.
Bebo los minutos que se negaron a nacer
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Bebo la sombra de un sorbo
que inventa sus propias venas
en mi geografía invertida
y en el corazón abierto como un mapa
que se desdobla hacia t...
Hace 21 horas

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