Latidos de cariño y afecto que nutren al Alma.Gracias por su visita.

domingo, 27 de noviembre de 2016

2 Dia Internacional del Hombre Exposicion Colectiva Casa de Cultura de ...

domingo, 6 de noviembre de 2016

2/2 Descubre Tampico A vista de Turista Nov 2016


1/ 2 Descubre Tampico A vista de Turista Nov 2016


sábado, 5 de febrero de 2011

Abusos de los damnificados del ciclón.


Y ya había que empezar las clases, y aun había damnificados en la escuela. Aquellos que realmente, no podían regresar tan fácilmente a sus casas, por estar muy inundadas, o por sufrir destrozos tan grandes.
Se reacomodaron, que cupieran en un solo salón, a regañadientes; de mala gana lo hicieron, y no se podían ir aun.
Y los salones que habían dejado los damnificados, tan raros quedaron, con un olor a gente grande, porque un niño deja un olor diferente en un salón.
Ya estoy como el ogro del cuento, huelo a niño, pues si, cuando los salones son utilizados por niños, tienen un olor.
A cuadernos, a crayolas, a madera y grafito de los lápices, a chicles embarrados bajo los asientos, a chilito piquin tirado en la piso, a cáscaras de naranja, de mandarina; dulces, huele a niño lo repito.
Pero cuando un salón es abandonado por los damnificados, huele diferente.
Las paredes están tiznadas, llenas de grasa, los vidrios, embarrados, mantecosos, da tristeza pensar, que los niños, los niños tan lindos, tengan que utilizar aquellos salones.
Por más que se laven con jabón, cloro, se pinten de nuevo sus paredes, durante un largo, muy largo tiempo, olerán a comida, a humo de las que guisaron con anafre, por mas que lo prohibían; las personas se dan maña, para hacer lo que quieren.
Solo ponían a sus hijos a vigilar, si venían los de supervisión, y listo.
Hacían lo que querían.
Estoy segura que ni en su casa, se portaban igual de descuidados.
Sus casas, de seguro las respetaban; pero la escuela, pues la escuela, que diré, ¡amuélese la escuela!
Además, la mayoría, los que venían de colonias retiradas ni siquiera tenían a sus niños en esta escuela.
Espero, que en el pueblo, actualmente cuenten con un lugar alternativo, para en casos de inundaciones o ciclones, ya no se deteriore la escuela.
Y mi abuelita tenía razón, como casi siempre.
Es fácil, facilísimo, meter a alguien, a un lugar.
Lo difícil es sacarlo.
Había familias, que aunque ya empezaran las clases, y se les pidiera el o los salones ocupados por ellas, no se iban tan fácilmente.
Se hacían las ofendidas, que no se irían hasta que “alguien” les consiguiera donde meterse.
Y empezaban las amenazas, iremos a tal o cual periódico, nos quejaremos con tal o cual autoridad; pero todo sale a relucir, que algunas, disfrutaban el tener despensas, no pagar agua ni luz, ni renta, recibir regalos por su papel de damnificados, y no les importaba ocupar un espacio dedicado al estudio.
Y cuando por fin salían hasta el último damnificado, que se iba renegando, jurando no volver a pisar esta escuela, que alivio tan grande se respiraba.
Por fin, por fin, a sacar adelante a los niños, en sus estudios. A mantener limpio todo, porque los niños, merecen estar en lo limpio.

martes, 5 de octubre de 2010

Cuando nos llegó la colita del Ciclón Inés


Al otro dia, por fin, abuelita, me deja salir, agarrada por su mano, mano de anciana, pero que aun agarran fuerte, a lo que desean proteger.
Y veo rostros curiosos, pies presurosos a un lado y otro de la escuela, a un lado y otro del pueblo.
Al fondo de la escuela, plantas de plátano caídas, las cañas, sembradas por un maestro que llego del estado de México, y experimentaba haciendo injertos de una y otra especie de cítricos; esas cañas, hoy en el suelo están.
El Cañaveral, abarcaba, una superficie de unos 10 por 20 metros.
Varios árboles caídos, arrancados de raíz, hoyos en el solar de la escuela, por estar vacíos de los seres vivos que se encontraban en ellos. Destrucción.
Brincar uno y otro obstáculo, hoy se ve más grande la escuela. Abuelita no me suelta de la mano, y me pregunta…
¿Ya nos vamos para la casa?
Solo los niños acompañados de adulto, pueden andar por estos lugares, los animales ponzoñosos, también pierden sus hogares en estas situaciones, y al estar asustados, pueden soltar veneno al que se les atraviese.
Si algún árbol, esta en pie, pero sentido en sus raíces, también puede caer de improviso; y no se diga algún cable de luz, que chicotee, electrocutando al impertinente, que no debiendo por obligación andar por esos lugares, se expone hasta morir.
Vamonos para la casa, ya viste suficiente.
No abuelita, me falta mirar para la plaza, vamos un ratito, ya luego me meto a la casa.
Y fuimos hacia el zaguán grande. Y en la plaza, árboles enormes, en el suelo, no baje del corredor, con un vistazo, toda la plaza, parecía arrasada de sus plantas, algunas, solo caídas, y sus raíces aun amarradas a la tierra.
Algunos varones, machete en mano, despejaban de tanto ramerio los alrededores a la escuela, y desbrozaban a los árboles.
Tanta actividad, y yo tan chica, sin poder hacer nada.
Y me regrese a mi casa; ahora tenia que acabarme, tanta comisaria que habíamos arrimado.
En los siguientes días, se fueron yendo, aquellos que estando sus casas en alto, y no sufriendo daños considerables sus propiedades, podían retornar a sus vidas normales.
Continuaban en la escuela, los que estaban sus casas inundadas, o los que estaban a punto de inundarse; porque después de un fenómeno de esta naturaleza luego sigue la creciente del rio, y ni modo, hay que esperar a que baje de nuevo a su nivel natural.
Los que seguían de damnificados en la escuela, ya siendo menos, se acomodaban mejor.
El ejercito seguía distribuyendo, cada determinado tiempo despensas, y entonces, algunas familias, nos regalaban a mi abuelita y a mi, porque por no ser damnificadas, ella y yo, no nos tocaban despensas; pues los damnificados, nos regalaban cosas, que un atún, unas latas de esto o de aquello, y como uno no debe de desperdiciar lo que le dan, hacíamos ronchita de lo que cada familia, nos daba.
Y las muchachas damnificadas andaban de novias, y los niños jugábamos y jugábamos, disfrutando esas extrañas circunstancias; ese convivir con tantos extraños; ese saber, que tal vez, jamás nos volveríamos a ver, pero que ahora, parecíamos una gran familia, que íbamos todos al mismo patio, y si nos aparecíamos en un lugar o en otro, donde quiera, un taco nos ofrecían, y ya hasta teníamos nuestros sitios favoritos, ahí guisan mejor las quesadillas, allá las entomatadas, esa señora es tan cariñosa, y ¿Cuáles juguetes tienes tu? Yo te presto esta muñeca, si tú me prestas esos trastecitos.
Y empezó el despedirnos, el hacer caminito a sus casas, el desgarrarnos, el separarnos, tan a todo dar que nos llevábamos, tal vez por saber que todo seria temporal. ¿Por qué somos así?
Aborreces lo que sientes impuesto; amas lo que sabes que puedes perder.
¿No será por eso que debemos morir? Así, amamos la vida.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Para saber la realidad, sólo Dios.


Papá (en la foto con boinita ) y mi tío Ángel, continuaban yendo a bañarse al Canal de la Cortadura; a pesar de que mi abuelita se los prohibía.
Mi papá, en un clavado digno de competencia con sus amigos, encontró en el fondo del Canal de la Cortadura, exactamente eso, una cortadura en su espalda, con un alambre de púas, que estaba entre el lodo del lecho del canal.
Cualquier canal, en cualquier lugar, necesita de vez en cuando una manita, una limpieza de su fondo.
Aquí, en Tampico, las autoridades, han hecho una labor muy encomiable.
Y al paso que va, se convertirá el Canal de la Cortadura, en un futuro próximo, lugar privilegiado de visitas turísticas.
Tengo como un par de meses, que paseando por sus orillas, con banquetas amplias y bancos para sentarse, observe durante horas, en compañía de mi familia, el paso de cientos de peces, de varios tamaños y colores.
Iban mojarras, churras, chocomites, y brincaban, y era una danza de amor a la vida, a Tampico; y los niños, saltaban, indicando ¡allá van! ¡Allá vienen! Y el aire que me despeinaba, y el silencio de esas calles, y nadie pescando…
O esta prohibido, pero no había nadie cuidando, que no se pescara, o en realidad, estamos tan bendecidos, que nadie necesita ir al Canal de la Cortadura, y atrapar a tanto pez, que eran unos como de 8 kilos.
Pero en el tiempo de papá-niño, en su casa había muchas privaciones, no había dinero para doctor. Papá calló, y fue una enfermera, que vivía frente al Canal de la Cortadura, la que viendo como sangraba ese tarde, papá de la espalda, que lo curó y lo vendó.
Y durante días, curaciones le hacia a papá.
Y papá calladito.
Calladito, de lo que le había pasado, y de lo que estaba pasando.
Un dia, mi abuelita, lo palmea con cariño, y papá grita ¡ay! ¡Ay mamá!
¿Qué tienes hijo?
¿Qué te pasó?
Nada mamá.
¡Nada de que nada!
Quítate esa camisa, y enséñame que traes ahí.
Eran tiempos de camisa y camiseta.
Y papá, traía un parche grande en la espalda.
Y abuelita, ¿Qué es eso?
Ante la evidencia, cuenta papá todo, y la ayuda desinteresada de una vecina, que era enfermera.
Mi abuelita, fue con la enfermera, y quería pagar, como fuera, el costo de esas curaciones.
Ya fuera con lavadas, planchadas, o aseo de casa.
Pero la enfermera, no aceptó.
Son Ángeles, que Dios manda, disfrazados de personas.
Hablo del que se porta bien; porque hay de todo en este mundo, andén con el uniforme que anden, bien pingos a veces son.
Por eso, abuelita, los internó a sus dos hijos varones, en la escuela de talleres y oficios, de ciudad Victoria.
Mi tío deserto, papá persevero.
A mi abuelita, papá le mandaba cartas cariñosas, no te apures, todo va muy bien, soy feliz, etc. Eran cartas a su mamá.
A su hermano Ángel, que ya trabajaba en el otro lado, todo lo contrario.
Manito, mándame mas dinero; como puras tortillas duras, quemadas, paso hambre, sufro aquí, tu sabes como es aquí, y lloriqueos con su hermano.
Y caite con la lana, hermanito.
Para saber la realidad; solo Dios.
Y en una ocasión, que se le cruzan las cartas.
Que coloca en sobres equivocados las misivas, y papá, cuando recuerda ese equivoco, ríe, escondiendo la cabeza entre sus hombros, como el que es sorprendido en travesura.
Mi abuelita brinco al leer aquella carta tan quejosa; le recriminó a su hijo Lalo, el andar molestando a su hermano Ángel con peticiones de dinero.
Ya abuelita trabajaba en la escuela primaria, y se encargo, de mandar más dinero a su hijo internado.
Y ahora, en nuestra casa, veo a mi tío Ángel, enloquecido, rumiando no se que, fumando, chupando sus bachichas, porque el se termina el cigarro, hasta que casi se quema los dedos.
Sus dedos, tienen manchas cafés, del cigarro.
Unas uñotas de gavilán.
Yo quiero a mi tío Ángel, ahora está loco, pero hubo un tiempo, en que a mi papá-joven, lo ayudó. Y yo quiero a mi tío.
Aunque no se si el me quiera.
Yo quiero a mi tío Ángel, al loquito del pueblo.
Y empieza de nuevo a soplar el viento, primero suave, después rugiendo, y veo pasar torbellinos de hojas, ramas y cosas que no logro identificar, de lo rápido que pasan, por los vidrios de mi ventana. Y anochece.

martes, 7 de septiembre de 2010

Cuando nos llegó la colita del ciclón Inés ( infancia pobre pero muy feliz de 2 hermanos ) (3 )


De recién regresó de México, mi tío Ángel, se volvió la ganchuda.
Recorrió el pueblo, gustoso, libre de paredes y horarios.
Hizo amistad, con otro orate como el, y quien sabe que tanto platicarían; si mi tío sólo con sus platicas, no necesitaba de quien lo escuchara, y el otro, también tendría sus platicas, ¡cuento de nunca acabar!
En una ocasión, se perdieron por días, los dos loquitos.
Abuelita, y la otra madre llorosas, recorrían el pueblo, preguntaban a los pobladores, y como son gente tan noble, las animaban…. Ya aparecerán. Si sabemos algo, nosotros les avisamos.
Después de días y días, de búsquedas incesantes, que los encuentran rumbo a Tampico Alto, entre matorrales, bien picados de moscos, enflaquecidos, el amigo de mi tío, ya delirando.
Ese enfermito, murió de esa picoteada, que si fue paludismo, que tal vez lo desnutrido.
Y mi tío se aplacó un poco.
Ya sólo recorría las calles del pueblo.
Le dio por irse a distraer al taller mecánico de don Perico, el señor don Pedro Pérez.
Mi tío, sabia de mecánica automotriz.
Estudió unos años, al igual que mi papá, en Victoria, en la Escuela de Talleres y Oficios, papá, salió mecánico tornero, y mi tío, antes de tiempo, se fastidió y abandonó la escuela.
Esos dos hermanos, mi papá y mi tío, eran muy diferentes.
Mi abuelita, vivía en Tampico, en la Isleta Pérez, por la calle Sol, en una vecindad.
Mis tíos, iban a la escuela mañana y tarde.
Mi abuelita, les decía, cuando entren al salón, compórtense así:
Saluden a sus maestros con un buenos días., señorita profesora.
Y papá: ¡yo no le digo buenas días, yo le digo buenas taldes!
¡Pero muchacho! Pero papá corría, riendo de su chiste.
La maestra hablo con mi abuelita, después de un tiempo, y le comento, su hijo Ángel, tiene mucha inteligencia, si estudia, llegara a algo grande.
Su hijo Lalo, es más duro de cabecita; pero es muy tenaz.
Ángel, casi no quiere estudiar, se aburre.
Con poco que lea, todo repite de memoria.
Y su hijo Lalo, le pone muchas ganas a todo, y todo se le dificulta.
Los dos hijos, se levantaban de madrugada, iban por periódico y vendían, en esas calles de Tampico.
Un dia lluvioso, lleno de charcos, papá por ganarle la venta del periódico a otro niño, se metió a un lodazal, y se hizo una gran cortada en el pie descalzo.
Se le veía blanquear al fondo, de tan honda que estaba la cortada. Anduvo vendado por días de ese pie.
Luego a mi papá, y a mi tío Ángel, les atrajo el bañarse después de clases en el Canal de la Cortadura, iban con varios compañeros de clases y se aventaban clavados, y pescaban.
Por eso, bien va la canción a Tampico, Tampico hermoso.
Rodeado de lagunas, canales, río, playa.
Hermoso Tampico. Como tu no hay dos.
Tus calles, me hablan de mi padre, de mis tíos, mis abuelos, de mis bisabuelos, ¡como no te voy a querer!
Si vemos algunas calles, sucias; con barrerlas y lavarlas quedan bien.
¡Que culpa tienen esas calles, si nosotros no las limpiamos!
Cuando papá era niño, en la escuela, le decían el moro.
Había enfermado de su cabeza, al igual que varios niños, de tiña o roña.
¿Creen acaso que las ciudades siempre son lindas, bellas y siempre hay de todo, lo más agradable, a la vista y al tacto?
Pues papá enfermó de tiña.
Y no había dinero en casa para medicinas.
Su padre pescador, murió en altamar, y su madre, apenas ganaba para darles de comer a sus hijos.
A su madre, le dijeron un remedio efectivísimo.
La caca de vaca, calientita, recién evacuada por la res; depositada en la cabecita, previamente rapada del niño tiñoso. Y mi abuelita lo hizo.
Embarraba la cabeza ya trasquilada de mi papá, con ese excremento de vaca, calientito; le vendaba la cabeza a papá con un paliacate, y ¡váyase a la escuela a aprender!
Durante años, lo conocieron como el moro.
Duró poco el remedio, y años el apodo.
Y se le quitó pronto la tiña a papá.
Pero por lo calientito de la caca de vaca, muy jovencito, la cabeza de papá, encaneció.
( en la foto,abuelita Luz, mi mamá Carmela,mi hermano Eduardo,que hoy es sacerdote en Mozambique,mi hermana Coquito,mi papá Lalo, y la que aquí escribe,junto a su abuelita).

viernes, 27 de agosto de 2010

Cuando nos llegó la colita del ciclón Inés ( lo que hace una madre por su hijo ) 2


Ese dia, mi tío calmado estaba, fumando cigarrillo tras cigarrillo.
Nos observaba, y seguía con sus diálogos, incoherentes, farfullando, ya se sentaba, apoyando su espalda en la pared, ya apoyando los pies en el suelo, y mirando largo rato, las formas que el humo de su cigarro formaba en nuestro cuarto.
Si apagábamos la luz, al disponernos a dormir, de tanto humo de cigarro, en ocasiones, su silueta se veía neblinosa, y la lucecita de su cigarrillo, me indicaba, si estaba sentado, o acostado.
Cuando mi tío regresó, del otro lado, por completo trastornado, mi abuelita consiguió internarlo, en un manicomio en la ciudad de México, se llamaba la Castañeda, estuvo unos años internado ahí, abuelita le daba vueltas, pero de repente, anunciaron su cierre.
Mi abuelita, se encontró en un callejón, duro de transitar.
Si se lo traía al pueblo, a la mejor la corrían de la escuela. No tendría donde vivir.
Y si estaba cuidándolo, no trabajaría y de que comería.
Fue a México, decidida a abogar porque siguiera internado, donde, quien sabe, pero no podía traerlo al pueblo.
Se presentó al hospital, mandaron traer a mi tío Ángel; ingreso a la oficinita donde abuelita, estaba tramitando que se haría con el.
Mi abuelita Luz, explicaba su situación, altamente vulnerable, por el lugar donde vivía y trabajaba.
Un sitio con muchos niños.
La enfermera, le planteo el siguiente dilema.
Si quiere déjelo, varios de los enfermos, sus familiares están firmando hojas, donde aceptan la suerte que estos sigan.
Si usted desea, déjelo.
Pero no vuelva por el; aquí se cerrara, y ya nadie podrá darle razón, del fin que tuvo su hijo. Usted no es la única madre, que no puede cuidar de un enfermo así.
Firme y váyase tranquila.
Ya aquí, sabremos que haremos con el.
Y abuelita, ¿Cómo?, ¿Qué no pregunte por el nunca más?, ¿Qué no sabré si vive o ya murió?
La enfermera: señora, haga de cuenta que su hijo ya se murió.
¡Ya firme usted!
Será libre. ¡Váyase!, haga lo que quiera, nosotros sabremos que hacer con su hijo.
Firme ya esas hojas de consentimiento, y volviéndose con sorna a mi tío, que silencioso escuchaba, loco, loco, pero no tonto; estaba en silencio, esperando que suerte decidía su madre para el, le dijo la enfermera:
Angelito…. ¿Por qué tu madre ya no te quiere?
Angelito…. ¿que le has hecho a tu madre?
Y mi tío; nada, nada, señorita, con la cabeza agachada, tal y como si fuera en realidad un angelito, que ni come, ni caga.
Mi abuelita, sintió hervir en sus venas, su sangre de madre, y le dijo: Ángel hijo mio, vaya por sus cosas, porque nos vamos.
Abuelita venia decidida a todo al pueblo, a morirse de hambre si fuera necesario, pero a su hijo no abandonaría.
Abuelita, en ocasiones, me comentaba, ¿Qué pasaría con los loquitos que sus padres tuvieron que dejar en la Castañeda?
Estarían en un lugar más elegante, o más retirado del centro de México, pero eso de no saber más de un hijo, pues es algo que abuelita, no podía soportar.
Habló con el director de la primaria “Expropiación Petrolera”, y tal vez, como habían visto la dedicación y entrega de mi abuelita al trabajo, la aceptaron con todo y su hijo loquito.

viernes, 6 de agosto de 2010

Cuando nos llegó la colita del Ciclón Inés ( 1 )




CUANDO NOS LLEGO LA COLITA DEL CICLON INES

Cuando el ciclón Inés duró más el problema. Hasta hubo adelantos de partos, que se atendieron en la zona militar.
Y canastillas de ropita recibieron aquellos bebes, que presintiendo el peligro, la naturaleza los hace expulsar, para protección tanto de la madre como del bebe.
Uno de ellos nació güero, güero, y decían, es que las aguas lo relavaron.
Y todos queríamos conocer, a ese bebé, que había venido con el ciclón.
Yo en mi casa, junto a mi abuelita, atrincheradas por la cercanía del ciclón vi como se nubló el cielo, y finas gotas empezaron a caer, y todos comentaban ahora si nos tocó.
Y soplaba un viento sospechosillo, y había un silencio de muerte por toda la escuela primaria (ver foto), y parecía que todos se habían ido ya.

Y cuando, ya encerradas, empezó a silbar el aire, yo me trepé a la cabecera de una cama y observaba los árboles, tomar dirección hacia un solo lado, y mi abuelita, me jalaba de la ropa, y me ordenaba ¡bájate! Si un palo vuela y rompe los vidrios, en tu cara caerán vidrios.
¡Bájate! ¡Ya voy! ¡Ya voy!
¡Déjame mirarlo cara a cara!
Pasara por nuestra casa, y yo no lo veré.
¡No es justo abuelita, déjame!
¡Que no es justo, ni que nada! Y unos manazos a las canillas me metió.
Y como nunca me pegaba, me ardió como chile, y caso le hice.
Y empecé a comer, teníamos de todo, gracias a Dios, y después de un rato, un silencio, el aire se calmo, y yo quería salir a ver lo que había pasado.
Y mi abuelita no me dejó.
No, me aclaró, porque estamos en el ojo del ciclón, que es el centro sin aire, y regresará el tiempo ventoso, y ahora volverá del otro lado, y lo que quedo débil, ahora si caerá.
Se pondrá más peligroso, volara de todo, y contra todo.
No sales, y ya cálmate, me pones nerviosa con tanto brinco, y tantas preguntas.
Esto del ciclón, que tarda tanto en llegar, y tanto en irse.
Y mi tío Ángel, en su cama de fierro, con tablones, en lugar de colchón.
Fumaba dia y noche, noche y dia.
Por eso, no se le ponía colchón a su cama.
Tablas, y unas cuantas colchas o cobijas, para amortiguar un poco lo duro de las tablas.
Abuelita, temía que un dia, al dormitar, se encendiera el colchón donde durmiera mi tío, al quedar algún cigarrillo, en contacto con las telas.
Fumaba 3 cajetillas diarias de cigarrillos, de la marca Argentinos; que no le faltara el cigarro, porque enloquecía más, si es que eso es posible.Mi tío tenía esquizofrenia.

lunes, 12 de julio de 2010

Amenazas de ciclón ( 3 )


Yo miraba extasiada, la llegada de tantas personas a la escuela primaria; familias completas.
Cargando con todo lo imaginable, y eso que había órdenes: sólo lo más indispensable.
No, ¡que va!
Entre las colchas que contenían ropas, traían escondidos los guajolotes, pollos, perros, gatos, y hasta cochinos.
Y todo entraba a la escuela.
Se llenaban salones, se llenaban corredores, de arriba y de abajo, todo lo que tuviera techo, se convertía en hogar.
Aunque no tuviera paredes.
Ya llena toda la escuela, arriba y abajo, y corredores interiores, seguían los corredores exteriores.
Casi no dejaban por donde pasar.
Ya para entonces, estaba a cargo la autoridad militar,
Llegaban los convoyes, casi al final con los pobladores de las colonias lejanas, más reacios a salirse de sus hogares.
A los últimos en salirse, los sacaban ya en lanchas, así de alto se subía el agua en esas tierras.
Ya que ya no cabía ni un alfiler en la escuela, así de lleno estaba todo, de gentes, de cosas, de todo.
Y seguían llegando familias, y la escuela era uno de los pocos sitios seguros de Pueblo Viejo.
Y el ejército intervenía…
Iban de salón en salón, ¿de quien son estos muebles?, ¿de quien estos roperos?, ¿y estos trasteros?
Deben sacar eso, la gente necesita espacio.
¿Cómo que sacarlos?
¡Si llegamos primero!
¡Y ya no cabemos más familias en este salón!
Ya no caben mas personas, porque llenaron esto de muebles.
Lo que importa son las vidas; repetimos, saquen eso, vamos avisando de salón en salón, cuando regresemos, nosotros mismos sacaremos las cosas que realmente no sean indispensables para vivir.
Si era muy grande la necesidad de espacio, en ocasiones, se escogía una estufa, de todas las familias, que estuvieran en un salón y en esa estufa, todos debían guisar los de ese salón.
Había enojos, reclamos, pero se obedecía.
El ejercito no es cosa de juego, y todo se hacia en orden, buscando proteger vidas humanas.
Al sacar las cosas de gran volumen, las protegían con grandes plásticos, las colocaban frente a los salones donde estaban sus dueños, y se amarraban y tapaban con trapos.
El ejercito, tenia listas, de cómo iban llegando los damnificados, donde estaban ubicados. De donde procedían.
Cuantos niños, cuantos adultos, todo en orden.
Y luego, llegaban las despensas, que repartían el ejército, y eran filas, y era un gusto, y un estarse festejando, ¡que bueno!, ¡estamos muy bien!
Traían también pipas de agua potable, porque no era suficiente, la toma de llave, que ya había en la escuela primaria.
También emprendían los soldados campañas de desparacitacion, algunas vacunas, no se cuales, aun era muy pequeña, y no recuerdo cuales eran.
Para ir a los sanitarios, la locura.
Filas y filas, y soldados evitando el desorden.
A los niños, los adultos, los hacían ir a la parte de atrás de la escuela, entre árboles frutales, y platanales.
Por chiquitos, donde quiera hacían.
Hasta a medio patio, y no había ni por donde caminar.
Y el mosquero, y los mosquitos, y el olor…
A todo, a la gran cantidad de animales, que tenían al fondo del patio; olía a gallinas, patos, perros, gatos, pájaros y cotorros hablantines en jaulas, a todo.
El ejercito, hacia guardias, dia noche.
Se rolaban, manteniendo todo sobre ruedas.
Organizaban a los damnificados, quienes debían lavar los servicios, cada cuando, y donde se bañaría la gente; quienes barrerían patios, por donde se pudiera, evitar sobre todo una epidemia por el hacinamiento.
Impedir los pleitos, es difícil convivir días, con gente del todo desconocida, los niños que hacían grupitos, los adultos, que nerviosos, pensaban en las cosas que habían dejado atrás, algunos iban a sus casas a cuidar lo poco o mucho que habían dejado por mas que el ejercito le indicara que era muy peligroso.
Y el ruido, ruido, ruido, a todo, a música de radios, a platicas, a regaños de madres a sus hijos que se les iban lejos de su vista, a hombres que maldecían por el tiempo, que si iba a venir un ciclón, que ya llegara, que es mejor el ¡ya! A estar días esperando por donde va a pegar.
Que si no trabajan, que conque dinero, repararían lo que se les hubiera estropeado.
Que ya se fue el ciclón para otro lado, que aun no pega, pero se esta alejando, y unos que se iban, por mas que los soldados les indicaran, no se vayan, aun no pasa el peligro.
Y al otro dia, de nuevo volvían, y querían el espacio que antes ocupaban en un salón, que no, que ya están otros, que para que se iban, que haber donde caben ahora.
Y veía lágrimas, y había dolor y desencanto.
Y yo me sentía culpable de tener donde vivir, de estar como si nada, de que mis cosas, no sufrieran daño alguno, y quería alguna familia viviendo ahí conmigo, dentro de casa.
Y algunos se lo pedían a mi abuelita, ¡déjenos doña Luz! Déjennos quedarnos en su casa.
Y abuelita, no, apenas quepo yo, mi hijo y mi nieta.
Y yo haciendo changuitos con mis dedos, para que los dejara vivir en casa.
Y se iban, desencantados.
Y abuelita, me miraba en el rostro la decepción, y sus palabras sabias: el chiste no es meter a alguien a vivir a tu casa, el chiste es después como le haces, para que esa gente se vaya, y no se vaya sintiéndose corrida.
Que es muy fácil meter las cuatro patas, pero sacarlas sin llenarse de lodo, eso si es lo difícil.
Y yo, mirando, oyendo, viviendo entre la gente, toda la gente, toda de todas las orillas anegadas, y sintiendo como míos los temores, sus alegrías, y bañándome de gente, y mas gente, y llenándome por dentro de vidas, y mas vidas.
En muchas ocasiones, todo quedaba en solo un susto, en cosas mojadas, y se iban en pocos días a sus casas.