Latidos de cariño y afecto que nutren al Alma.Gracias por su visita.

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martes, 1 de septiembre de 2009

Fiesta del Señor de Tampico Alto

Cada año, esa familia, al igual que cientos de familias mas, van a las Fiestas del Señor de Tampico Alto,Veracruz.porque es muy milagroso. Su fecha principal es movible, es 40 días después de Semana Santa, en domingo, pero días antes, y días después, se hacen presentes, tanto los que ofrecen mandas, como danzantes, turistas, y todo un mundo de gente, que sabe Dios, desde donde irán a ver al Sr. De la Misericordia.
Hay personas, que ofrecen de manda ir a pie.
Desde Tampico, Madero, Altamira, Ozuluama, o sea desde el lugar donde vivan. Es peligrosísimo, por los caminos pegados a la carretera, que desde el pueblo, y rumbo a Ozuluama, están por tramos muy angostos.
Con ir a visitarlo, creo yo que es más que suficiente.
Algunas personas, compran listón de algún color, y con el miden la estatura de un enfermo, y le llevan ese listón al Cristo, pidiendo tal o cual milagro.
Otras personas, compran veladora, se limpian con ella, rezando e invocando la Ayuda Divina.
Eso da pie, a que si alguien no puede ir, algún familiar o conocido, lleve esa petición, como si fuera una misiva, al Señor de la Misericordia.
Yo siempre estaba en la lista de miembros de la familia Sandria Nava, o sea la familia de la maestra Adelfa, que no fallaban en sus visitas a Tampico Alto.
Su esposo, el profesor Leonel, tenía una vagoneta, donde todos cabíamos.
Es tan hermoso ir, pasear, ver a la multitud, algunos desde días antes de la fecha más importante se hacen presentes; otros duermen por fuera de la iglesia, desde la noche anterior.
Hay servicios religiosos varias veces al día, y es un empujadero, todos quieren depositar algo al Cristo, ya sea veladoras, listones, un milagrito, que es una figurita de un metal económico, que simboliza de que te curo el Cristo, y muchos, no se porque, le ponen billetes, en su manto, el cual queda tapizado de billetes.
Si llegas casi al ultimo, no hay donde se pueda poner un billetito mas.
Y te hablo de una imagen del tamaño un poco mayor que el de una persona alta.
A los pies de la imagen, ponen un traste, que reboza de monedas, de distintas denominaciones.
Adultos, niños, todos quieren poner sus monedas a los pies de la imagen.
Yo sugeriría, no lleven mucho dinero, porque se contagia uno, y hasta el último centavito desea entregarle al Señor de la Misericordia.
Pues ya, cumpliste por este año, con tu visita al templo, de Tampico Alto, sales a la plaza, ¿y que vez?
Una romería, puestos y puestos, te venden de todo.
La maestra me compraba trastecitos de barro, como cazuelitas, y cosas por el estilo.
Jarritos de barro, llenos de dulces, o cajeta, o con tamarindo enchilado o azucarado.
Algunos juguetitos de lamina, adornos, ropa, si hay de todo; solo el dinero es el que hace falta, y uno que se emocionó y hasta por poco y le pide uno prestado al vecino, para echarle mas dinero al Cristo.
Que bueno, por ahí esta escrito, que lo que le das a Dios, se te regresara al ciento por uno.
A lo mejor, por eso le echan y le echan al Señor de la Misericordia.
También había juegos mecánicos, con sus sillas voladoras, caballitos, de todo.
Los adultos compraban unos tarritos, que contenían pulque.
De comer, encontrabas de todo, pozole, tamales, mondongo, tacos, y párale de contar, porque si no nunca acabo, de todo lo que se vendía y se vende para comer.
Y se, que después, había unos bailazos, de esos de acabarte la suela de tus zapatos.
Mi abuelita, siempre me daba dinero, mas que suficiente.
Decía, con que te lleven, es grande el favor ya.
Pero la maestra Adelfa, y su esposo, a todos los chiquirrines que llevaba, nos compraban por igual a todos.
Y jamás aceptaron el dinero, que yo les daba.
Llegando, se lo regresaba a mi abuelita; y ella…maestra Adelfa, no me apene, por favor, reciba el dinero.
Y la maestra Adelfa, ¡como cree! Doña Luz, Mary es como una hija para nosotros.
Porque mi nombre se presta, a que me digan de un modo, o de otro.
( en la foto,estoy con Sarita Sandra Sandria Nava,la primer hija del matrimonio Sandria Nava,en los patios de la escuela primaria Expropiación Petrolera de Pueblo Viejo,Veracruz).

domingo, 23 de agosto de 2009

Maestra de vocación y alma hermosa

MAESTRA DE VOCACION Y ALMA HERMOSA

Bueno, después de esa paseadita por la placita del pueblo, y la excursión a la playa, regresemos al interior de la primaria, a su segundo piso.
El primer salón, el que se encuentra frente a alas escaleras, es uno muy sombrío, por quedar atrás de un paredón, donde se ubica el nombre de la escuela.
Ahí, cursé el 5 to. año de primaria, con la maestra Alma Acevedo.
Ella pudo estudiar no se que tantas cosas, proviene de las familias mas pudientes del pueblo, de las familias que generación tras generación, siempre tienen el modo.
Pero, a ella, le gustaba ser maestra.
Y que bonito daba las clases.
Con mucho amor.
Se dirigía a nosotros, sus alumnos, como si fuéramos sus hijos.
En ese tiempo, ella era soltera.
Despuecito, ella se casó, y se fue del pueblo.
Recuerdo, muy nítidamente, la ocasión, en que dando no se que repaso de un libro, observo la maestra, a través de los cristales de una ventana, en lo alto de un pilar de la escuela, a unas crillitas de pichón, como les daba su madre de comer.
Nos hizo la señal, con su dedo índice cubriendo sus labios, de guardar silencio.
Ya calladitos todos, nos indico mirar, sin casi movernos, hacia el nido, que se ubicaba en una covachita del pilar que se encuentra empezando el paredón del frente de la escuela.
Nos admiramos al ver, como la madre pichón, regurgitaba el alimento de su piquito, y se lo daba en el piquito, a sus crillitas, que chillaban, exigiendo más y más comida.
Duramos buen rato, observando ese acto de amor.
La maestra Alma Acevedo, aprovecho, para explicarnos, que así son las madres de nosotros, que van por la vida, sacrificándose en conseguir para nosotros, lo necesario, y que no dudan en quitarse de la boca un bocado, con tal de que ha nosotros no nos falte algo.
Que tanto en el reino animal, como en los humanos, los padres siempre velan por sus retoños, pero que llega el momento, en que esos mismos padres cariñosos, con gran dolor, tienen que aventar al polluelo, o aguilucho; a aquel que no se decide a salir del nido, lo tienen que aventar, para que se desarrolle, para que aprenda a volar por si mismo, porque sus padres no serán eternos.
Y por eso, a veces, encontrábamos por los pasillos de la escuela, crías temblorosa de pichón, de pichón miedoso, de pichón cobarde, que viendo que en el suelo, los cocolazos son más canijos, se deciden al fin a dar breves carreras, hasta que por fin vuelan.
¡No que no! ¡Vuelan!
Y la maestra Alma, nos decía, ustedes son ahorita como pichoncitos, les dan todavía en la boca de comer.
Y todos gritamos:
¡No, ya estamos grandes!
¡Bueno!, ¡bueno!, y la maestra reía.
Me refiero a que la mayoría de ustedes no tienen un trabajo remunerado.
A que apenas se están preparando, para un día volar de su nido, de su hogar.
Para formar otro nido, otro hogar.
Y de ese modo, eran las clases de la maestra Alma Acevedo.
En una ocasión, nos llevo de excursión a su casa.
¿Casa?
¡Rancho!
Se localizaba más allá del cuartel hacia arriba.
Fuimos libres de andar por toda esa inmensidad de rancho.
Solo nos prohibió ir, por donde anduviera el ganado.
Jugamos a la pelota, a tantas cosas…
Y cuando nos dio hambre…
¡Que de manjares!
Una larga mesa, repleta de todos los platillos.
Ella tenía servicio de servidumbre, caporales, peones, y párale de contar.
Un ejército de gente a su servicio.
Y se venia a la primaria a quebrarse la cabeza con chiquitines.
La mamá de la maestra Alma, una señora menudita, de maneras muy finas, nos recibió en su casa, entre complacida y sorprendida.
Una turba de escuincles, tratando de comportarse como personas mayores…
¡Buenos días, señora!
Y la mamá de la maestra, sonriendo, nos dejo hacer lo que quisiéramos, sabia que su hija nos podía controlar.
Ella, ordenaba a unas señoritas, que y que depositar en la mesa.
Jarras enormes de agua de limón, tamarindo, etc.
Rebanadas de sandia, de la misma sandia que creo que se sembraba en ese rancho.
Tan rojas y jugosas, que hasta los codos nos escurrían sus jugos rojizos.
Y parecía que nos bañábamos con ese juguito.
Ya cuando acabamos de comer, nos habíamos quitado las caretas de personas mayores, y pedíamos regresarnos a nuestras casas.
Y el trayecto es largo.
Agradecimos las amabilidades de la mamá de la maestra Alma, y regresamos al centro del pueblo, con un cansancio, que solo porque el camino es de bajadita, y nos daba su ayudadita, sino, mas de alguno, quien sabe como le hubiera hecho para regresar.
Veníamos timbones de bastante comida, agua y frutas.
La maestra, nos trajo en el camino de regreso, entonando canciones, contándonos algún chiste, y miren como se ve…y señalaba a alguno, que al sentirse señalado, trataba de adoptar otro andar, según el mas derecho.
Nos decía la maestra, si se cansaron, ya no los llevo de nuevo a mi casa.
Traen unas caras, que parece que los he castigado.
¿Están cansados?
Y todos gritábamos: ¡No! ¡No estamos cansados!
Bueno, decía la maestra Alma Acevedo, demuéstrenmelo, echándose una carrerita a ese árbol, o unas plantas con flores, y así nos hacia apurar el paso, en ese regreso al centro del pueblo.

sábado, 22 de agosto de 2009

Excursión organizada por Ely a Playa Hermosa,pasando por el Ojital






Un fin de semana, organizó mi amiga Ely, una excursión a playa Hermosa, la que se encuentra por el rumbo al Ojital, pasando mas allá de los terrenos de los Acevedo.
Nos arrancamos a pie, ida y vuelta.
Para llegar a la playa, cruzamos en un chalán.
Este era maniobrado, a pulso, por sus dueños, por medio de mecates gruesos.
No existía motor en ese chalán.
Pasamos un rato muy agradable, la arena muy limpia, y de regreso, pasamos con unas amistades de Ely, que vivían en El Ojital, ahí nos dieron de comer, con tortillas hechas a mano y unas aguas frescas de frutas, y nos permitieron cortar mandarinas y naranjas, las que quisiéramos; nos avorazamos todas, y veníamos, bien cargaditas, de tanta fruta.
De pilón, en el camino de regreso, existía tal cantidad de nopales, y de guapilla, sus frutos, amarillos de lo maduros, listos para ponerlos a remojar, para hacer el agua, que seguíamos, échele y échele a las bolsas.
Y los coyoles, en racimitos, esos como coquitos, que solo con el martillo, podías abrir, y comer su centro, con bastante chilito piquin y limoncito.
Y si venían los coyoles en pares, cuates, no comerlos, porque tendríamos cuates, al momento de tener hijos.
Además, traíamos, los icacos, esos frutos rositas, carnosos, que solo se conseguían cerca de la playa; así como las uvas de la playa, veníamos cargaditas, tan cargaditas, que en el camino, ya nos veníamos rajando, y en una lomita, de esa carretera, dejamos irse la mayoría de nuestros cargamento, nos quedamos viendo con tristeza, rodar tantas cosas que habíamos acumulado, en esa excursión tan fabulosa.
Ese conseguir todo a cambio de nada, ese cortar y cortar, guardar y guardar.
Cuando llegamos al pueblo, a puro calcetín, ya no deseábamos nada de cosas; solo agua, y más agua, para tomar, de tan asoleadas que veníamos.
Fue muy poquito, lo que al final llegó a nuestras casas.
Cuando le platiqué a mi abuelita Luz, lo que nos pasó, por querer acaparar tantos frutos, en ese trayecto entre Pueblo Viejo, El Ojital y la playa, que solo me recetó el dicho…
El que mucho abarca, poco aprieta.
Pero Ely, tenia la solución, ya vera doña Luz, cuando yo tenga mi carro, todo lo que podremos acarrear.
La vida me ha enseñado, que podemos conseguir muchas cosas, si nos damos tiempo, y si ponemos empeño en ello; pero todo con medida, por ejemplo, si tienes muchos libros, y no puedes leerlos por tus ocupaciones, o tienes cds. de música o películas, y no alcanzas a escucharlos o disfrutar, con calma, de sus contenido.
No se me olvida, esa excursión a la playa de Pueblo Viejo, y la frustración, que sentí, cuando me vi obligada, a tirar, todo lo que ya consideraba mío.
Y a pesar de que Ely, vive en México, y yo en ciudad Madero, Tamps. continuamos siendo amigas.

jueves, 20 de agosto de 2009

Espíritu de una escuela

ESPIRITU DE UNA ESCUELA

Ya describí la parte inferior de la escuela.
Solo añadiré, que bajo las escaleras, en esa covacha, se acondiciono una bodeguita, pequeñita, que contenía papeles, de escasa importancia, y revistas de la SEP, la ropa de utilería, poquita que existía, así como el Penacho de Cuauhtemoc, y la cabeza de venado, para las danzas tradicionales, y las bocinas, unas grandes, como embudos de metal, para la ambientación musical de asambleas y festividades escolares.
El barandal de la escalera, contaba de unos tubos redondos de fierro.
Los chamacos, gustaban agarrarlos de resbaladilla.
De tan viejos esos tubos, las puntas, estaban rotas, y tenían filos, cortantes.
Así, que infinidad de pantalones, llevaban la marca del barandal de la escuela.
Como la escalera, queda de frente a la dirección, tenían cuidado, de que el director, no los viera en sus juegos.
En ocasiones, no tan solo los regañaba, sino que los dejaba un rato sentados en unas bancas, que se ponían por fuera de las direcciones.
Y mandaba un recado, a la maestra responsable de aquel alumno.
El director no era posible, que estuviera siempre en la dirección, hacia recorridos de supervisión por toda la escuela, pasaba despacio por los corredores, escuchando las clases de los maestros.
Eran sonidos agradables, como los de primero cuando cantaban:

Un elefante, se columpiaba,
Sobre la tela de una araña,
Como veían que resistía,
Fueron a llamar
A otro elefante

-o-

Dos elefantes, etc.

Y al llegar a diez, se retrocede en la canción diciendo:

Diez elefantes, se columpiaban,
Sobre la tela de una araña,
Como veían que no resistía,
Quitaron a un elefante.

-o-
Nueve elefantes…

En otros grados, el repaso de las tablas de multiplicar, mas allá, el alfabeto de corrido; las capitales de cada estado, por orden alfabético.
El silencio de aquellos grupos, que están escribiendo, o dibujando.
La voz fuerte de los maestros, que explican alguna lección.
Cada escuela, tiene un espíritu diferente.
Se nota, desde que te acercas al zaguán.
Los ruidos presagian su interior.
Sus paredes pintadas o no.
Las ventanas, con sus vidrios completos.
Sus pisos, limpios o no.
Ya adentro, observas como se comportan sus maestros.
Depende del director que tengan.
Si sabe mandar, firme, y a la vez, con juicio.
Guiara a buen puerto a su escuela.
Si sabe darse a respetar, si el mismo respeta la investidura que porta; no es cualquier cosa ser director de una escuela.
Es mucha responsabilidad.
Si desde el primer día, demuestra flaqueza, ni padres de familia, ni alumnos, y menos sus compañeros profesores lo respetaran.
Si quisiera, después de un comienzo errático imponerse; tendría que comportarse duro en extremo, llegando casi al autoritarismo, poniendo una pared entre el y el demás cuerpo educativo, para un poco, recuperar su papel del que dirige aquel plantel educativo.
Humildemente, yo sugeriría, maestro, si a usted le conceden el honor de dirigir una escuela, mande, y mande sin temor alguno.
Desde el primer día, desde que cruce el zaguán de su escuela.
Recuerde, que hay un dicho que dice:
Donde manda capitán, no gobierna marinero.
Porque el que manda, no se equivoca.
Y si se equivoca, vuelve a mandar.
El director de la escuela “Expropiación Petrolera”, profesor Jesús Briones Vásquez, se gano el respeto y cariño de los maestros, padres de familia y alumnos.
Y los niños, pues siempre serán niños.
Observando, analizando, cuando pueden brincar las trancas y hacer de las suyas.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Maestra Flor de María Ortega / Profr.Danylo Bayly

Es duro ser maestra.
Yo lo veía, diario, lo veía.
No es nada mas, dar clases y ya.
Preparar clase, material educativo, láminas de la pared, periódico mural, la asamblea.
El reporte semanal, mensual, bimestral, semestral y anual.
Los exámenes, que nadie queda contento, las boletas y listas, con números tan chiquititos que sienten los maestros que ya se volvieron bizcos.
Y repito, nadie queda contento…
Ni directores, porque quieren ser mejor que tal o cual escuela.
Ni chamacos, porque nadie quiere bajas calificaciones, pero no se aplican.
Ni los padres de familia, que ven en sus hijos genios.
Y hay algunos, que van y reclaman al maestro, con palabras tan groseras, que más de alguna vez, los hacen llorar.
O que se enfermen de los corajes, que reprimen.
Como están educados, preparados, los profesores; entonces los padres de familia, algunos, claro esta, creen que el maestro tiene la obligación de callar, le digan lo que le digan
Si se defiende, o voltea el rostro con coraje, ¡porque me da la espalda! ¡No me ignore! ¡Ni parece maestro! ¡De que le sirvió lo que estudio!
Y se tienen que callar, los maestros.
Y hay algunos padres, que no conformes con el San Quintín que armaron en el salón de clases, que deberían de respetar, siquiera porque están ahí sus hijos como alumnos; van y presentan escritos a la dirección, a la inspección.
Lo que quieren es dañar la reputación del profesor, que ha caído de su simpatía.
Los alumnos, todo observan.
Son los peores jueces. Y van a sus casas, y cuentan todo aumentado, y luego el maestro, agarra fama de corajudo y grosero.
Muchas veces, el maestro no sabe que esta pasando en su salón. Por mas que lo intente.
Un parpadeon, y algún huerco lo madrugo.
Cuando yo era alumna, de la maestra Flor de Maria Ortega, había una niña gordita, que estaba haciendo un trabajo manual, como castigo.
Digo como castigo, porque era tan grande, que lo traía desde el segundo año, y no lo podía terminar.
Era bordado en cruz.
Pienso que ella, estaba saturada, llena de ese trabajo manual.
Todos le echaban porras por su perseverancia.
Ya estábamos en 4 to. año, y seguía con ese trabajo.
Había veces, que se quedaba en los recreos, a adelantarle. Pues si ya le faltaba poquito, tenía que terminarlo.
Yo creo, que por eso, ella, se peleaba con todos, y por cualquier motivo. Yo ya la traía en salsa.
Desde 2 do. Año.
Cuando nos toco en el mismo mesabanco. Ella me gano la ventana.
Cada que iba a que le revisarán, tareas o trabajos, hacia que yo me parara.
Si no lo hacia pronto, aunque yo le pedía, espérate, déjame acabar estas cuentas, o este renglón; ella, me empujaba, y en mas de una ocasión, me tumbo de mi asiento.
Si yo me amachaba, y no me paraba, agarrándome fuertemente del asiento, y ¡ahora si, a ver como le haces, chiquita!, para ir con la maestra.
Entonces, ella, olímpicamente me brincaba.
Sentía que me asfixiaba, con su cuerpecito recargado, sobre mí.
Yo no era, delgadita, pero ella, era la más alta, y chifladita del salón.
Ya en 4 to. grado ,esa compañerita de salón, me debía muchas.
Pero ni modo de pelearme con ella.
Paradas, con un empujón, me sentaba en el piso.
Ya en 4 grado, cada quien tenia su mesabanco, pero seguía siendo para mí como una piedrita en un zapato.
Yo no se como se me ocurrió, pero una mañana, masticando un chicle, y con unas tachuelas que me había encontrado, se me vino una idea.
Mi dolor de cabeza, ahora estaba en un sitio privilegiado.
Su mesabanco, al lado del escritorio de la maestra Flor de Maria Ortega.
Nada tan fácil, que colocar cuidadosamente las tachuelas, con las puntas hacia arriba, y el chicle, de un color parecido al asiento, embarradito, nomás para que se le ensuciara tantito el uniforme.
Sabia, que al tocar el timbre, todas correríamos, sudorosas, empujándonos para entrar, y ella, ni vería los regalitos, que le había dejado ahí.
Tocan el timbre, y yo, nerviosa, trato de ser la ultima en entrar.
Si veo a mi victima, quejarse no me aguantare la carcajada.
Y después, me va a ir muy mal.
Ella se sentó, y nada paso.
La que exploto, fue la maestra.
Había venido a platicar con ella el maestro Danylo Bayly Ortega, (un maestro que vestía muy elegante, como si su ropa acabara de salir de la tintorería) durante el recreo y lo paso al salón, no estoy segura si alcanzo a sentarse en el asiento preparadito, y se pico y embarro con chicle, o solo vieron lo preparado.
Pero a la maestra, parecía que le salía humo de lo enojada que estaba.
Sus ojos verdes, parecían salirse de sus orbitas.
Ella siempre de tacón, de media, perfumadita.
Y quien sabe que le paso a su compañero de trabajo, en su salón.
Junto a su escritorio.
Nos paro a todos sus alumnos.
Y quiero que me digan quien fue, cuando se había visto eso.
Si alguien sabía algo, que levantara la mano, y lo dijera.
Eso era fechoría de unos 2 o 3, como a un solo niño se le iba a ocurrir.
Y la maestra, esperaba que algún cómplice rajara.
Yo nunca necesite de güajes para nadar.
Mis travesuras, las hacia sola y sin testigos.
Y tenía fama de buena niña, de obediente.
La maestra Flor, mas calmada, ¿Qué mas podía hacer?...
Seguíamos parados, a un lado de nuestros asientos, y ella, invocaba no se que argumentos:
¡Que demuestre valor civil el que lo hizo!
Una cosa es el valor, y otra lo tarugo.
Yo seria, parada igual que los demás.
La maestra Flor, dirigía sus miradas, como luces de un faro, sobre cada uno de nosotros, tratando de adivinar, quien fue el de la maldad.
Yo seria.
Con cara de no rompe ni un plato.
Dialogaba interiormente, fugándome de ese momento crucial, del siguiente modo.
Dios sabe que yo no le quería hacer una travesura al maestro Danylo.
Si el tan amable que es.
Para que se sentaba en ese asiento, que yo había preparado con tanto cuidado.
Ahora, ella ya esta aprevenida, de que alguien la trae entre ceja y ceja, y ni para cuando la agarre dormida.
Y todo por culpa del maestro Danylo.
Nadie sabe lo que hice, a nadie se lo comente.
¿Y si alguien me vio hacerlo?
No, yo estuve con pies ligeritos.
Lo hice veloz.
Y la maestra Flor, que miraba, como queriendo taladrar conciencias.
Pero la mía estaba limpia, no lo había hecho adrede.
A ver quien se cansa mas, ella de preguntar, o yo de estar divagando.
Sirve que no hacemos nada.
Hay que siga preguntando.
Si hasta estoy disfrutando verla tan brava.
Si lo hubiera querido hacer adrede, de seguro, no me hubiera salido así.
Y la maestra Flor se rindió.
Con voz cansada, nos ordenó sentarnos.
No me acuerdo que castigo nos puso a todos.
Pero así, parejito, ni se siente.
Durante días, hubo espías.
De todos tipos, desde ¡yo se que fuiste tu!, hasta ¡yo te vi!
Pero la pesquiza era general, y solo daban palos de ciego.
Por eso lo escribo, para que sepa la maestra quien fue.
Después de 40 años lo digo, por fin, lo digo.
Fui yo, y ni modo. No fue adrede.

miércoles, 29 de julio de 2009

Llueve bonito en Pueblo Viejo Veracruz( b y final )

Hago un ademán de tener prisa, y salgo chispada de la casa de doña Lala.
Dirijo mis pasos, a una tienda, que se ubicaba por la plaza.
Pregunto precios de lámina de cartón.
Los venden por paquetes.
Me dice el dependiente, si gusta, en unos días, se los llevamos a su casa.
Usted, no se vaya a lastimar, están pesadas las laminas de cartón.
Nombre, que van a estar pesadas, pienso yo.
Si ha veces lo mas pesado, es no servir para nada, ni para nadie.
Que tu no le hagas falta a nadie, que no importe si vives o mueres; eso si es pesado.
Cargo a la voz de ¡ya!, con el paquete de laminas, y retorno al hogar de doña Lala con él a cuestas.
Ya lo cargo de un lado, ya del otro.
Pues si pesa.
Pero, más pesa ser inútil.
Llego a casa de doña Lala, abro el zaguán, que chaparrito, y hecho de puras maderitas, unidas con alambritos y mecatitos, mas bien es para decir, ¡alto!, es propiedad privada, que para protección alguna.
Cuando me ven llegar con la carga…
Pelo Malucha, ¡no hubielas gastado!, ¿no te digo?
Hay doña Lala, si no tengo más gastos, que mi persona, y yo les debo mucho a ustedes.
Esas láminas, no son nada.
Tómelas. Hay un día que esté bueno, con calma, reparan parte de ese techo.
Doña Lala entra a su recamarita, y dice:
¡Viejo! ¡Viejo!, mila lo que tlajo Malucha.
Sale don Juan, se le pinta primero en su rostro la sorpresa, y después la alegría; llama a los hijos mayores, y salen en ese momento, a reparar el techo de su casa.
Pienso, las laminas de cartón que les traje, no les va a saber ni a melón.
Es mucho, lo que se necesita reparar.
Y se mueven como hormiguitas, a veces trepan, luego bajan, otros clavan, quitan un pedazo destrozado de aquí, le agregan un nuevo allá, aprovechan una esquinita rescatable de algo, que parece que se deshace en las manos.
Y lo arreglan.
Adiós goteras.
¡Increíble!
Como hacen rendir lo que sea, como sea, y al costo que sea.
Así tengan que terminar ensopados, como esa tarde.
Pero todos muy contentos.
También yo.
A veces, el pueblovejence, presenta una cara de indolencia, pero es que cuentan, una gran porción de la población, con muy escasos recursos, así es mas difícil emprender cualquier proyecto.
Y las cosas se encarecen más, por el trayecto de Tampico al pueblo.
Y el puente, su caseta de cobro, que no terminan por correrla de lugar.
Ni modo, esperar.

martes, 28 de julio de 2009

Llueve bonito en Pueblo Viejo Veracruz ( a )

En una ocasión, empezó a llover bonito, a cantaros.
Yo recostada, en una cama, después de leer un libro, me eché un sueñito.
No olviden que viví muchos años en Pueblo Viejo; así que también se planchar oreja, cuando se presta la ocasión.
Cuando no hay mas que hacer, por el mal tiempo.
O platicas, o te duermes.
Desperté, y me dio hambre.
Voy a ver que ha hecho doña Lala.
Al dar los primeros pasos, una gota, y mas allá, otra gota.
Ahora si, que ya me desperté del todo.
Entre a la estancia, que servia de salita, comedor y recamarita, y observo varios hules, que tapan cosas aquí y allá.
Y veo en varios lugares, trastos de todos tamaños, que reciben los chorritos de agua, que caen del techo.
Y doña Lala, me llama afectuosamente a comer.
Ven, aholita te silvo.
Ven, Malucha, esta todo bien calientito.
Noto, que están acostumbrados, a que les llueva dentro de su casa.
Observa mi consternación, y me dice, al lato pasa, tu cama no se moja.
Ese, es uno de los sitios, donde no hay gotéelas.
Vente a comel, se te enflíala la comida.
Mmm, doña Lala, tan amable como siempre.
Sabe que, doña Lala, se me olvidaba que tengo que ir a la plaza, por un encarguito.
Ahorita vengo, no me tardo.
Pelo, espelate, come plimelo…

lunes, 27 de julio de 2009

Pocholo ( b )

Y Pocholo extendió su bracito moreno, delgadito, para señalar unas pastas de sopa, y un arroz.
No quería dinero, no quería andar pesudo, andar presumiendo unas monedas.
Quería mandado.
La señora, sorprendida de su petición, no dudó en darle unas bolsas retacadas de comisaria, algunas bolsas de jabón medio abiertas, otros productos de unas marcas que pocos quieren, que porque la tele dice que otros son mejores, pero que para Pocholo, eran oro molido.
Se dió tiempo la señora de ir a la casa de Pocholo a contar lo que había pasado.
A felicitar a doña Lala, por tener a unos hijos tan trabajadores.
Pocholo adopto un andar muy erguido.
Ya era de otro nivel él.
Ya contaba como hombre que arrima a la casa cosas necesarias, y que mas necesario que la comida.
Así son en Pueblo Viejo.
Tranquilos, tranquilos, pero no quitan el dedo del renglón.
Saben lo que quieren, saben a donde se dirigen, por eso no tienen prisa.

sábado, 25 de julio de 2009

Doña Lala ( d y final )


Sobre un banco rustico, ponían una batea grande, donde lavaban la ropa.
La letrina era de hoyo. En el patio, enterraban un tambor destapado, encima ponían un como asiento de madera, para simular la tasa del sanitario, y las paredes y techo de esa letrina eran de palitos o tablitas.
Cada que era necesario, los hijos mas grandes, hacían un hoyo retirado de la casa, y ahí vaciaban el contenido del tambor, le agregaban mucha cal, y sepultaban muy hondo eso.
Lavaban el tambor perfectamente, y a estrenar letrina.
Para bañarse uno, ahí si que torció la puerca el rabo.
Con varas de otate secas, formaron una como armazón, que forraron por unos lados, con hules negros, y por otros lados, con retazos de telas.
Acondicionaron, una como planchita de cemento de unos 2 por 2 metros, para que sirviera de piso y no se fuera a hacer lodo.
Ya tenían llave de agua, pero esta se encontraba cerca del medidor de agua, y no tenían instalaciones para dentro de su solar, así que el baño, era de cubetazo limpio.
Y nada de techo.
Al viento libre.
Si hace frió, te amuelas.
Si hace un sol, que te queme la espalda, te aguantas.
Yo me bañaba apuradita, no fuera a pasar un helicóptero, y se fueran a dar un taco de ojo, en ese tiempo, cuando aun estaba apetecible.
Yo trabajaba en Tampico.
Doña Lala, nunca me quiso aceptar un dinero, por su hospedaje.
La abuelita de ella, doña Jesusa, fue amiga de mi abuelita Luz.
Y el papá de doña Lala, don Cliserio, don Quiche de cariño, se había casado con una hermana de mi abuelita Luz.
¿Éramos o no de la familia?
Pues ellos, me trataron como de la familia.
Con respeto y cariño.
Y tuvieron la mano abierta, para ofrecerme, lo que a su alcance estuvo.
Yo de mi sueldo, llevaba lo que me nacía, un cariñito por aquí, otra cosita por allá.
Sus hijos, dos mujeres y 5 o 6 varones, panzoncitos, piernitas flaquitas, morenitos, de sonrisa fácil, ya de adultos embarnecieron, que hasta parece que los soplaron, con una bomba de inflar llantas.
Su primer hija, se casó a los 15 años, y se fué lejos.
Y su hija más pequeña, la Güera, también vive de la pesca, con su esposo, que también le intelige a la vida en las orillas de la laguna de Pueblo Viejo.
(fotografía cortesía del profesor Martín Pérez San Martín,cronista de Pueblo Viejo,Veracruz)

viernes, 24 de julio de 2009

Doña Lala ( c )

Intentó inútilmente enseñarme a hacer redes, en el corto tiempo que viví con ellos.
Se ve tan fácil, y yo que se hacer manteles y carpetas tejidas a gancho; suéteres, chalecos y gorros con 2 agujas, pues no pude aprender a hacer redes para pescar.
Su esposo don Juan, alto también, con gruesas patillas, bigote canoso y que caía, como cepillito sobre su labio superior.
Muy amable, hable muy poco con el.
Son personas de pocas palabras, que prefieren no hablar, por no cometer un error y llegar a ofender de manera involuntaria a alguien.
Pero cuando saludan, se siente su apretón de mano gruesa, rasposa al tacto, por el manejo de las redes, y el limpiar de escamas los pescados.
Y esas manos son tibias, sinceras, francas, respetuosas.
Hasta, recuerdo con cariño, las pocas veces, que nos saludamos, como limpiaba su mano, en su pantalón, como temiendo ensuciarme.
Pueblo Viejo, Dios te ha bendecido con tus personas, que la mayoría son bien longevas.
Será el clima, la comida, la siesta, su carácter, su confianza en un mañana, que saben que será igual al ayer…
En otros lugares, y en otro tiempo, también he conocido personas que te saludan, melosos, sus manos frías, sudorosa, pegajosas, que no te sueltan pronto tu mano, te miran con lascivia, y de ribete, se despiden como acariciándote la mano, como si dijeran…así te puedo acariciar todo tu cuerpo.
¡Guácala de pollo!
Y he conocido otras personas, que te saludan, con un extender su mano, abierta, y levemente, rozan tus dedos.
Como si no quisieran tratos con uno.
Y no te miran a los ojos.
De todo habemos en el mundo.
Y cada uno de nuestros actos, pasos, miradas, movimientos, gestos, nos delatan.
Me encanta observar a las personas.
Digo mirar. Observar.
No criticar.
Ni la famosa critica positiva, que para mi no tienen nada de positiva.
Se es o no se es crítica.
Punto.
Para que tantos eufemismos.
Volvemos con doña Lala y don Juan.
Tenían afuera de su casa, unos troncos secos, que servían de asiento, bajo unas enramadas.
Más asientos se improvisaban con cualquier tablita vieja, acomodada sobre unas piedras grandes.

miércoles, 22 de julio de 2009

DOÑA LALA ( a )

DOñA LALA

Yo sé de primera mano, de esa vida, cuando por azares del destino, viví en casa de una familia de pescadores de Pueblo Viejo.
Vivian al lado de un salón de eventos, donde se festejaban bodas, quince años, y demás festejos importantes.
Un solar grande, que no estaba pegado a la laguna.
Y tenia de largo lo suficiente, como para entrar por una calle, y salir hacia la otra.
Las paredes de aquella casa, eran de tablas, de un color y de otro
Que denotaban su diferente origen.
Su techo, de lámina de cartón enchapotado.
Piso de tierra, que su dueña, doña Lala mantenía siempre barrido, aplanadito, salpicándole unas gotas de agua.
Constaba de un cuarto amplio, que servia una parte para recibir visitas, otra para comer, y a un costado, unas camas.
Constaba de otros dos cuartos, mucho más pequeños, habilitados como recamaritas y la cocina.
La cocina, que siempre olía a marisco.
En ningún lado, he comido sopa tan rica de camarones, güatape o las migadas, que eran tan grandes, que solo un cuarto de ellas, me podía comer.

Doña Lala, era alta, muy morena, en sus venas corría sangre de mulata hermosa; me contó que su madre era de color oscuro.
Caderona, se sentaba como toda una matrona, en un viejo sillón, forrado de mimbre que tenia en el patio.
Al terminar de comer todos, veía mi plato, que invariablemente dejaba yo, más de lo que me comía.
Y haciendo un mohín simpático, me decía;
¿A poco la te lenaste?
Te vas a enfelmal, comes mul poquito.
Las palabras, las pronunciaba, de un modo, que me hacia recordar, el modo de hablar de un niño pequeño, de los que apenas empiezan a hablar.
Fue criada por su abuela, porque su madre se fué, y en poquísimas ocasiones, le venia a dar una vuelta.
Su abuelita, se llamaba doña Chuy, delgadita, y criaba cochinos, cochinotes, y un día, un marrano, al querer la abuela, brincarlo, porque se atravesó a la salida de su casa, se incorporo, y la tumbo.
No murió de eso, y una buena tranquiza, el cochino se llevo, por parte de la abuela de doña Lala.
Y doña Lala, tenía unos chamorros gruesos, uno de ellos, con una marca de una manta raya, que una vez, en la laguna, pesco, y como estaba viva, brincoteando en la panguita de doña Lala, con su cola, en forma de lanza con flecha en la punta, le atravesó su chamorro, y un trozo de su carne, le arrancó.
Y solito se curó ese chamorro, sin medicinas, con solo la ayuda de Dios.
A pesar de unos calenturones, que hasta deliraba doña Lala.
Y esos chamorros gruesos, los cruzaba, para, sentada, cómodamente, poder con mayor facilidad tejer las redes.