Latidos de cariño y afecto que nutren al Alma.Gracias por su visita.

domingo, 9 de agosto de 2009

Juegos infantiles propios de los varoncitos

Los varoncitos, por lo regular, tenían diferentes juegos a las niñas.

1.-Al béisbol, se jugaba con un palo de escoba como bate.
En el patio de tierra, donde estaba el pozo.
La base principal, era un enorme árbol de cedro, que estaba cerca del solar de las señoritas Alejandre y a un lado del salón de actos.
Seguía como limite, el pozo. Tenían que tocarlo, para estar salvados.
Luego, el limite o base, era un árbol enorme de aguacate, y si se les hacia muy lejos, buscaban una piedra grande, que les sirviera de señal, y así fueran mas cortas las distancias.
La otra señal, podía ser un limoncito pegado a la cerca de las señoritas Alejandre del Angel, o también, con una piedra, se marcaba un sitio mas corto.
Acababan ese juego, con los cuerpos sudados, empanizados con la tierra del solar.
2.- Fut-bol.

3.- Chan-gai
Cortaban los chiquirrines, de un palo de escoba, dos tramos, uno como de 16 cms. Y el otro de unos 40 cms.
Y empiezo, con este trabalenguas, si no le entienden, no se apuren, o son chavitos, o son féminas, como yo, que logré medio explicar este juego, porque me lo dictaron, y me lo representaron, en un juego improvisado, y aun así, de que yo de niña, lo veía jugar, recuerdo mas los catorrazos que se daban los huercos, que las reglas de este juego.
Lo que no olvido, a pesar del tiempo transcurrido, son las expresiones… ¡Sale como chale! cuando aventaban los palos, o cuando se oía el golpe, seco, macizo, del palo del Shangai en la cabeza de algún jugador, el…!chin…en el Shangai!
Bueno, empiezo:
1 er. Paso…Hacían una excavación, en la tierra, de forma acanalada, con un palito, de los mismos, que después ocuparían en el juego, y en esa como fosa, se atravesaba el palito mas corto.
Con el palo mas largo, se cuchareaba, o sea se lanzaba al aire, el morrito de palo de escoba.
Si lo capeaba, el jugador contrario, el que se denominaba como, el que “estaba sirviendo”, contaba como out.
Si no lo capeaba, todavía tenia la oportunidad, de acostar el palo largo en esa excavación, y con el palo corto, que se usaba como proyectil, para pegarle con el, desde el sitio, donde había caído, el palito, cuando se cuchareo.
Si le pega, cuenta como out.
A continuación, si no le pegaba, al palo grande, cuenta con ese mismo palo grande, las medidas necesarias, y sacara cuantas carreras, se necesitaban para llegar, a donde cayó, el palito corto.

2 do. Paso…se colocaba el morrito, de manera vertical, en la ranura.
Levantaban el palo corto, de la ranura en la tierra, y sosteniéndolo con la mano, le pegaban un batazo, con el palo largo; si el servidor lo atrapaba, era out.
Los novatos, en ocasiones, se daban duro en sus propios dedos.
Y los servidores, al atrapar el morrito, convertido en proyectil, sentían quemar sus dedos.
Si el servidor, no lograba capearlo, se lanzaba de nuevo, a caer lo más cerca posible, a la ranura en la tierra, y se median las carreras.

3 er. Paso…el palo morrito, se ponía en la ranura de la tierra, pero ahora, solo de manera inclinada, es decir, la punta metida en la ranura, y sobresaliendo una parte del morrito.
Se le pegaba en la punta, a levantarlo en el aire, y ahí, se le daba un batazo, con el palo mas largo.
Se medía, que tan lejos había caído, para sumar un total de carreras.
Y cada jugador, en cada tirada, va sumando sus carreras.
Y el servidor, puede tirar ese palo, a meterlo en la ranura, cosa harto difícil, más no imposible.
Más fácil, era ver salir la sangre de las frentecitas, de los alumnos de primaria, que todos los días, jugaban ese extraño juego, ante mis ojos y oídos.
Y entonces si, pies pa que son, corredero de chamacos, se acababa el juego del Shangai, las rueditas de mirones, jugadores, todos corrían a sus salones, o si era en horas de salida, creo que hasta que ya estaban en sus casas, dejaban de correr.
Mejor que dijeran, aquí huyeron, y no escuchar la voz de algún maestro decir ¡aquí, a ver vengan!, ¿quien fue? , o ¿como fue?, o el temido, ¡que venga tus padres!..
Y el alumno descalabrado, nunca daba santo y seña, de lo que había pasado, sino quería verse excluido de por vida, de los juegos de sus compañeros de grupo.

4.-A las canicas.
Primero eran unas, cafés, grisáceas; como si fueran piedritas puliditas.
Luego, salieron unas de vidrio, de un solo color.
Después, las de vidrio, de muchos colores, que llamábamos agüitas.
Y los cayucos, que eran unas canicas gigantes, esas en los juegos, valían lo doble o lo triple, de la canica normal, porque con los cayucos, era más fácil ganar.
Hasta, partían a veces las canicas más pequeñas.
En ocasiones, los que estaban jugando al meloncito, o al triangulito, no aceptaban en sus juegos de canicas, al que traía cayucos.

5.-Al trompo.
Existían todas las suertes actuales, mas la de “campanitas al trompo”, suerte que ha desaparecido, así como los trompos de madera, con punta de fierro.
Aquí se las detallo…
Un trompo, se enterraba, solo parte de su cuerpo, y cabeza; y la otra parte, bolondita, así como la punta de fierro, hacia arriba.
El dueño del trompo retador, amarraba su juguete, de la punta, y de la cabeza, en una como lazada, y lo aventaba fuertemente, hacia el trompo enterrado; si lograba ensartar la punta de su trompo, en el trompo enterrado, entonces ganaba ese trompo.
Si no lo lograba, el dueño del trompo enterrado, tenia la oportunidad, de realizar la misma suerte, con miras a quedarse el como dueño de otro trompo.
En ocasiones, solo quedaban los trompos rotos.
Por eso desapareció esa suerte del trompo, ya no es posible hacerla, con los trompos actuales, los de plástico.


6.-Al yo-yo.
Eran de madera, y empezaban a existir, o usarse, los de plástico.

7.- Las cebollitas.
Los muchachos se agarraban el primero de ellos, de un poste, o de un tronco, de los muchos árboles, que existían en la escuela.
Los que quedaban atrás, del que estaba agarrado del árbol, se sujetaban de la cintura, uno de otro, y jalaban todos, hacia atrás, para ver, de donde se rompía aquella cadena.
El muchachito que se soltara perdía. Lo sacaban, y de nuevo empezaba el juego.

8.- Al burro.
Se ponían igual que en las cebollitas, pero unos se quedaban formados, aparte, y agarrando vuelo, de uno en uno, se trepaban en la fila, de que estaban agarrados y agachados, a su espalda.
Ese juego se prohibió estrictamente en la escuela, por lo peligroso para la salud de los niños, como una lesión a sus vértebras.

9.-Al balero.
Algunos eran de madera, de todos tamaños y colores.
Por lo regular estaban labrados.
Otros se hacían, con botes de lamina, de los que ya alguien había tirado, se les hacia un orificio pequeño en su base, se les amarraba un mecatito largo, y con un palito de escoba, quedaba el balero hechizo, que de seguro, no fallabas en las encestadas.

10. - A las guerritas, o combates.
Los chamacos, traían dentro de sus bolsas, (porque lo de las mochilas, era para solo unos cuantos), con los cuadernos y libros, así como una cantimplorita, que de nada servia, solo para que el agua se tirara, y nos mojara los útiles, bueno, pues dentro de esas bolsas, los varones traían también sus juguetes como los palitos de escoba, acondicionados como pistolitas, en unas como tes, o escuadras.

Se correteaban, entre los árboles, haciendo ruido, como ¡tacataca tacataca!, o el ¡pum! o el ¡bang!
Se escuchaba el ¡ya te di!, no corras, porque tu ¡ya estas muerto!, y se revolcaban entre las matas, entre las piedras, por atrás de los platanales, se subían a los árboles, se arrastraban por la arena y tierra de panza, sigilosamente.
Vivian sus guerritas, con raspones, sudados y agitados de esconderse y correr, y el recreo, que dura tan poco; algunos, sus palitos de escoba, venían con un refuerzo, y a esas les llamaban ametrálletas.
Que sus tiros, eran casi infinitos.

El que traía un arma de plástico, de las que empezaban a salir, era la sensación, se convertía el jefe del equipo.
Y cuando aparecieron los boki-toki, con un alcance de unos 20 metros, hacerle ruedita, al feliz poseedor de esa maravilla.
El fungiría como comandante de un equipo, la guerrita, se ganaba de todo a todo, con un elemento así.

11.-Pelea de gallos.
Niños grandes, fornidos, ponían sobre sus hombros, a niños de pequeña complexión, delgaditos, y jugaban en parejas, a tumbarse al que traía el contrario amamache, a ver quien aguantaba más, con su compañero en hombros.
Un juego, peligrosísimo.

No siempre lo de antes, fue lo mejor.
Solo puedo decir, eran otros tiempos, ni buenos, ni mejores, solo eran otros tiempos.

sábado, 8 de agosto de 2009

Juegos Infantiles ( 1 )


Regresándonos a las instalaciones de la Escuela “Expropiación Petrolera”, en sus amplios corredores, techados, se encontraban unos bebederos, diseminados, aquí y allá, estratégicamente.
A veces, parecía que no salía el agua, y de repente, un chorrote, que te mojaba la cara, y la ropa.
Y los chiquillos, a jugar, y yo te mojo, poniendo la mano en la llave del bebedero, y vamos a mojar, a aquellas que vienen muy platicadoras, ¡ay si! ¡Se creen mucho!
Y empezaba el corretearnos, pero era tan grande la escuela, tan grandes sus patios, que hasta que tocaban el timbre la entrada del recreo, y estábamos en el salón, quedábamos al alcance unas de otras.
Y para entonces, estábamos bien cansadas de jugar, que ya no queríamos pelear.
¡Aire! ¡Aire! Y nos abanicábamos con nuestras manos, con los cuadernos, con lo que fuera.
Regalaban en las tiendas, a los clientes, abanicos de cartón, con formas de ovalo, o cuadrados, rectangulares.
Y se amacizaba el abanico, con un palito, que tenía grapado al centro.
Y agarrábamos el palito del abanico, y dale y dale.
Esos abanicos, traían dibujos, como si fueran postales, de paisajes, o de animalitos enternecedores, y al reverso, la propaganda del negocio que lo regalo.
Y con el sudor de nuestras manos, se desbarataban esos abanicos.



JUEGOS INFANTILES
Las niñas jugábamos en el recreo a:
1._ Juan pirulero.
¡Este es el juego de Juan Pirulero!
¡A lo maduro! ¡A lo maduro!
¡Que se voltee, Anita de burro!
Para esto, estábamos en una rueda, agarradas las manos, y dándole rápido a la vuelta y vuelta de todas mirando al centro,
Terminaba, cuando ya todas estábamos volteadas, mirando hacia el exterior.
Y si nos quedaba piola, pues a volver a empezar, ahora de modo contrario.
Las que estaban volteadas, ahora iban cambiándose hacia el interior de la rueda.
2.- A las estatuas de marfil.
Reunidas y en rueda, tomadas de la mano, cantábamos, ¡A las estatuas de marfil!
¡Uno, dos y tres así! nos zafábamos de las manos y teníamos que quedarnos lo mas inmóviles posibles, la que se movía, perdía, salía del juego, y volvíamos a empezar.
3._ A doña Blanca.
Doña Blanca, esta encerrada en pilares de oro y plata,
Romperemos un pilar para ver a doña blanca.
Todas las niñas, habíamos elegido de qué material eran nuestros brazos, que formaban los pilares.
Eran de cemento, oro, vidrio, madera, piedra, agua, de lo que se nos ocurriera. Pero no se valía repetir el nombre de otro pilar de esa rueda.
En la rueda, que lográramos hacer, de niñas, cada punto, donde se unía un bracito, con otro bracito, bien apretadas las manos, le llamábamos pilar.
Y luego, la niña, que andaba fuera de la rueda, preguntaba……
¿De que es este pilar?
De oro, piedra, etc.
Y la niña, intentaba zafar esas manitas, haciendo lo que estuviera a su alcance, tratando de abrir las manos, columpiándose, en esas manos, algunas hacían sus manos, como si fueran un cuchillo, al juntar sus manos, fuertemente, y dar un golpe, a la unión de manitas.
Las niñas, que se hubieran zafado, por la presión en sus manos, salían del juego, y la que logro romper esa unión, entraban en ese lugar.

4._ Al mono de alambre.
Se cantaba así, en rueda las niñas.
Vamos a jugar
Al mono de alambre,
Y el que no lo baile.
Y el que no lo baile,
Le daremos pamba.
Nombrábamos a una compañera, pasaba al centro, y tenia que bailar.
Si no lo hacia, o si estaba muy tiesa, ¡no se vale! ¡Casi no se movió! Y a darle pamba entre todas.
Si no bailaba, ni se dejaba dar pamba; cuzcale ¡fuera de aquí!
Y la sacábamos de la rueda.
Y a seguir jugando.

martes, 4 de agosto de 2009

Principios dificiles de una escuela

PRINCIPIOS DIFICILES DE UNA ESCUELA

En ese patio en forma de escuadra, había una pileta, donde se almacenaba agua, estaba cerca de la toma de una llave de agua, pegada a la barda.
Por el patio de atrás, se encontraba un pozo.
De donde, cuando empezó a funcionar la escuela primaria se extraía el agua, en cubetas, ayudándose con una carrucha.
También, por mucho tiempo, no hubo luz eléctrica.
Y cuando, ponían a bailar a los chiquitines, la maestra Rosa Eva Velásquez de la Garza y la maestra Flor de Maria Ortega tenían que armonizar con palmadas, marcar tiempos, tararear las canciones, y con ese acompañamiento, hacer que los niños, se imaginaran las melodías.
Si, fue difícil el comienzo de la escuela.
Pero ha dando grandes frutos al pueblo.
A México.
Cuantos alumnos que han pasado por sus aulas, han sido presidentes municipales, médicos, ingenieros, licenciados, contadores, maestros y directores de escuela.
Es su educación básica, lo que los han catapultado, a pelear por un mejor futuro.
Y son los maestros, los que con su esfuerzo, doble, por tener tantas carencias la escuela en sus inicios, han hecho posible que lo que estaba en germen, desarrollara, creciera y diera frutos.
El pozo de ese patio ( lo mandó hacer fray Andrés de Olmos hace 455 años) , siempre estaba con ramitas, palitos, su agua.
Las pelotas, que a los alumnos se les caían, intentaban extraerlas, primero arrojaban una tabla, o rama, que quedara justo debajo de la pelota, para que la levantara un poco, luego aventaban la cubeta, y ahí estaban en el brocal del pozo, todo un enjambre de huercos, unos de panza, con brazos hacia delante, otros, mas aventados, se trepaban al brocal del pozo, se agarraban fuerte del travesaño de donde pendía la carrucha, o de los pilares de cemento, que sostenía el marco, de donde pendía la carrucha, y así tenían mejor vista del fondo de ese pozo.
¡Jala la cubeta para allá!
¡Otro poco hacia ti!
¡Dámela a mí!
Como si estuvieran pescando la pelota, con la cubeta.
Se daba cuenta algún maestro, y…
¡Niños, niños!, ¡quítense de ahí!
Y el dueño de la pelota, enojado, frustrado, de nada sirvió la ayuda de sus compañeritos, ¡para que venia el maestro en ese momento!
¡Si ya mero la sacaban!
Y por mas que le pusieran tablas al pozo, para taparlo, si eran cientos de manos, que curiosas, se las quitaban.
Era hondo, yo tiraba piedras, a su fondo.
Y tardaba en escuchar su choque al caer al agua.
Se contrato, quien limpiara el fondo de ese pozo, unas cuantas veces, pero no duraba limpio, era caso perdido, a los pocos días, volvía a tener basura.
Y no se ahogo un niño ahí, porque Dios es muy grande, y no lo permitió.

lunes, 3 de agosto de 2009

Teresa Argüelles Rivera


Teresa cuando llegó con la abuelita, y su tío Fortunato Sánchez Flores, tenía mi edad.
Entró en el salón donde yo estaba.
Pero no había mesabanco para ella.
No alcanzó.
La sobrina de dos maestros de esa escuela, no tenia donde sentarse en el salón.
Había llegado tarde a las inscripciones, y tuvo que esperar algo así, como 2 semanas, hasta que se habilitó, unos de los mesabancos que necesitaban reparación.
Y, con lo orgullosa que era.
Como vivía en la misma escuela, esos primeros días, al formarnos fuera del salón para entrar ordenaditos; ella aparecía, con su sillita de otate y mimbre, cargada sobre su espalda. Y la colocaba, junto al escritorio del maestro.
Ser nueva en una escuela, en un grupo, y tener que llegar todos los días con tu sillita en la espalda, a cualquiera humilla.
A Teresa no.
Llegaba con sus mejillas chapeadas de la vergüenza.
Con su mirada nos retaba a ver quien se burlaba de ella.
Y nosotros volteábamos la mirada, como que no veíamos.
Sus padres tenían unas vaquitas, y le mandaban cajitas con quesos, carne asada, y chorizo, con los que Teresa, sacaba dinero para sus gastos.
Me dijo, llámame Ely.
Todos en mi pueblo me decían así.

Nos hicimos grandes amigas, Ely y yo.
Platicábamos mucho de nuestros planes futuros, ella soñaba con tener un carro.
Me describía como se sentía al volante.
Y ya de grande, como maestra, se le concedió.
A pesar de que ella vive en México,en la capital del país,seguimos siendo grandes amigas.

domingo, 2 de agosto de 2009

Profesor Fortunato Sánchez Flores

Todo quería arreglar, componer, organizar, y al paso de los años, decía, ya voy a dejar que hagan lo que quieran.
Si, ¡lo que quieran!
Ya me canse de pelear con alumnos y padres de familia.
Y se dedico a tocar guitarra.
Cantaba, en la terraza, que se ubicaba sobre el corredor central de la escuela, en las noches, frescas noches, estrelladas, en que todos convivíamos, platicábamos, y el maestro cantaba.
En una de esas noches, estando sola la maestra Adelfa, sentada en su sillón favorito, vio venir sobre de ella, una bola de fuego, se encomendó a Dios de inmediato, en segundos se acercaba a ella ese fuego, pensaba en sus niños tan pequeños, y grito, en esa noche; Dios la escucho.
Faltando muy poco, para que esa bola de fuego hiciera contacto con su cuerpo, se esfumo.
Unos dicen que las brujas se ven así en las noches.
Pero la maestra Adelfa, estaba muy preparada, y decía, era un meteorito, y al contacto con la atmósfera, se torno incandescente, y fue desvaneciéndose, y lo bueno, es que se consumió antes de tocarme a mi.
¡Aja!, ¿y que mas?
Bueno, seguimos con el maestro Nato, y su guitarra.
Se llevo a cabo un concurso de cantantes en la UAT.
Se inscribió.
Se soñaba ganador.
Se veía ganador.
Grababa y grababa, en una novedad de aquel tiempo, una grabadora larga, negra.
Llevo la cinta, como muestra de su talento artístico.
Lo aceptaron para concursante.
Y perdió.
Le pregunte a una sobrina de el, al otro día del concurso; porque yo fui, lista a felicitar con bombo y platillo el triunfo del profesor, a su casa.
¿Como le fue a tu tío?
¡Sshh! ¡sshh!
Y se ponía en sus labios su dedo índice, alarmada de mi voz que se quedo vibrando en las paredes de su casa.
¡Cállate!, no preguntes.
¡Luego te cuento!
Parecía que había pasado algo grave.
Y si. Había pasado algo grave.
¡Mataron de nuevo sus ilusiones!
Le pregunte a sus sobrina, casi a señas…
¿Que lugar ocupo?
¡Sshh! ¡Sshh!, el último.
¡Oh, esta vida!, que ha veces, entre mas brincas, mas te da de zapes.
El maestro Fortunato vivía de primero cuando llego al pueblo, en el anexo del segundo piso de la escuela.
Con su mamá, Doña Chenchita, su sobrina Minerva, la Mine, que nunca quiso aprender a leer, por mas que tenia dos tíos maestros, su tío Fortunato y el maestro Gregorio Flores, que también trabajaba en la Expropiación Petrolera, pero el vivía en Tampico, con su esposa.
También vivían con el maestro Fortunato, su sobrino Guillermo, el Memo, que le faltaba muy poco para terminar la carrera de magisterio, y una sobrina, Teresa Argüelles Rivera, güera, boca grande, pelo claro y lacio, suelto.

sábado, 1 de agosto de 2009

Las colmenas ( b y final )

El maestro Fortunato Sánchez Flores, era bajito, de complexión maciza, sin llegar a gordo; güero, narizón, labios delgados, pálido y colérico. Lo denotaba su enrojecimiento de rostro, su voz que aumentaba de velocidad de los diálogos, su caminar, a grandes zancadas, cuando algo no salía como el quería.
Como cuando le dió por sembrar chayotes y plantas de estropajo, cerca de los colmenares.
Crecieron las plantas de chayotes bonitas, con sus verdes tallos, largos, que se enredaban en otras plantas, como los árboles de naranjas cuchas.
En la primera y única cosecha que hubo de esos chayotes, nos regaló el maestro a mi abuelita y a mi, 2 frutos tiernos del chayote.
Los vi, los olí, tan fresquecitos, parecían forrados de terciopelo verde, como con espinitas.
Un manjar.
Y los demás frutos, de esas plantas, los chamacos que los hacen pedazos un día cualquiera.
Los agarraron en unas guerritas, quedaron pedazos de chayote, por todo ese solarcito, entre las plantas de maíz, de coco, y las flores.
Siento que le fueron apagando su espíritu emprendedor al maestro Fortunato Sánchez Flores, cuando llegó al pueblo, se parecía mucho a sus abejas.
Nadamas, le faltaba zumbar de lo activo.

viernes, 31 de julio de 2009

Las colmenas ( a )

LAS COLMENAS

Volvemos al salón de actos.
Al final del salón de actos, por su parte exterior, siguiendo s su izquierda, estaba una fracción grandecita de tierra, donde se sembraba maíz, fríjol, plantas de ornato, que atraían infinidad de insectos; unos arbolitos de limones y naranjos, matas altísimas de cocos, solo subiéndote a la terraza ubicada sobre el salón de actos, y ocupando además una larga vara, podías cortarlos. Amen, de unas tablitas, que simulando una escalera, se le clavo a cada mata de coco, donde muchachos ágiles, subían como changos por ese fruto.
Y en la mera esquina, que se formaba, con el solar de las señoritas Ostos, y el solar del doctor Cantu, ahí mero, se ubico el proyecto del profesor Fortunato Sánchez Flores.
El proyecto de las colmenas.
Daban miel. Las celdillas, salían cargadas.
Y cera.
Cuando mucho duro dos años ese proyecto.
En que cabeza cabe, que las iban a dejar en paz, los chiquillos.
Si jugaban pelota, unos pelotazos a las casitas de las colmenas, y el alboroto de estas, zzzuuumm, zzzuuumm…. ¡Y el corredero de chamacos!
¡Maestro! ¡Maestro!
¿Que pasa?
¡Las avispas!
¿Cuáles?
Y se hacia el alboroto grande.
Esas no son avispas, son abejas.
¡Andan picando a unos niños!
¡Busquen a Nato!
¡Pronto!
¡Ese Nato!
¡Le dije que tendríamos problemas!
Y se volvía prioridad localizar al maestro Fortunato, por toda la escuela; arriba y abajo.
Aparecía el maestro aludido.
¡Ya! ¡Ya!
Yo lo resuelvo.
Agarraba un escuadrón de chiquillos, de esos que siempre se acomiden a todo.
Unos hacían ruidos, con botes y latas.
Otros prendían mechones de lumbre, y con el humo, tranquilizaban a las abejas.
A mi, eso me parecía mágico.

miércoles, 29 de julio de 2009

Llueve bonito en Pueblo Viejo Veracruz( b y final )

Hago un ademán de tener prisa, y salgo chispada de la casa de doña Lala.
Dirijo mis pasos, a una tienda, que se ubicaba por la plaza.
Pregunto precios de lámina de cartón.
Los venden por paquetes.
Me dice el dependiente, si gusta, en unos días, se los llevamos a su casa.
Usted, no se vaya a lastimar, están pesadas las laminas de cartón.
Nombre, que van a estar pesadas, pienso yo.
Si ha veces lo mas pesado, es no servir para nada, ni para nadie.
Que tu no le hagas falta a nadie, que no importe si vives o mueres; eso si es pesado.
Cargo a la voz de ¡ya!, con el paquete de laminas, y retorno al hogar de doña Lala con él a cuestas.
Ya lo cargo de un lado, ya del otro.
Pues si pesa.
Pero, más pesa ser inútil.
Llego a casa de doña Lala, abro el zaguán, que chaparrito, y hecho de puras maderitas, unidas con alambritos y mecatitos, mas bien es para decir, ¡alto!, es propiedad privada, que para protección alguna.
Cuando me ven llegar con la carga…
Pelo Malucha, ¡no hubielas gastado!, ¿no te digo?
Hay doña Lala, si no tengo más gastos, que mi persona, y yo les debo mucho a ustedes.
Esas láminas, no son nada.
Tómelas. Hay un día que esté bueno, con calma, reparan parte de ese techo.
Doña Lala entra a su recamarita, y dice:
¡Viejo! ¡Viejo!, mila lo que tlajo Malucha.
Sale don Juan, se le pinta primero en su rostro la sorpresa, y después la alegría; llama a los hijos mayores, y salen en ese momento, a reparar el techo de su casa.
Pienso, las laminas de cartón que les traje, no les va a saber ni a melón.
Es mucho, lo que se necesita reparar.
Y se mueven como hormiguitas, a veces trepan, luego bajan, otros clavan, quitan un pedazo destrozado de aquí, le agregan un nuevo allá, aprovechan una esquinita rescatable de algo, que parece que se deshace en las manos.
Y lo arreglan.
Adiós goteras.
¡Increíble!
Como hacen rendir lo que sea, como sea, y al costo que sea.
Así tengan que terminar ensopados, como esa tarde.
Pero todos muy contentos.
También yo.
A veces, el pueblovejence, presenta una cara de indolencia, pero es que cuentan, una gran porción de la población, con muy escasos recursos, así es mas difícil emprender cualquier proyecto.
Y las cosas se encarecen más, por el trayecto de Tampico al pueblo.
Y el puente, su caseta de cobro, que no terminan por correrla de lugar.
Ni modo, esperar.

martes, 28 de julio de 2009

Llueve bonito en Pueblo Viejo Veracruz ( a )

En una ocasión, empezó a llover bonito, a cantaros.
Yo recostada, en una cama, después de leer un libro, me eché un sueñito.
No olviden que viví muchos años en Pueblo Viejo; así que también se planchar oreja, cuando se presta la ocasión.
Cuando no hay mas que hacer, por el mal tiempo.
O platicas, o te duermes.
Desperté, y me dio hambre.
Voy a ver que ha hecho doña Lala.
Al dar los primeros pasos, una gota, y mas allá, otra gota.
Ahora si, que ya me desperté del todo.
Entre a la estancia, que servia de salita, comedor y recamarita, y observo varios hules, que tapan cosas aquí y allá.
Y veo en varios lugares, trastos de todos tamaños, que reciben los chorritos de agua, que caen del techo.
Y doña Lala, me llama afectuosamente a comer.
Ven, aholita te silvo.
Ven, Malucha, esta todo bien calientito.
Noto, que están acostumbrados, a que les llueva dentro de su casa.
Observa mi consternación, y me dice, al lato pasa, tu cama no se moja.
Ese, es uno de los sitios, donde no hay gotéelas.
Vente a comel, se te enflíala la comida.
Mmm, doña Lala, tan amable como siempre.
Sabe que, doña Lala, se me olvidaba que tengo que ir a la plaza, por un encarguito.
Ahorita vengo, no me tardo.
Pelo, espelate, come plimelo…

lunes, 27 de julio de 2009

( video ) Pocholo

Pocholo ( b )

Y Pocholo extendió su bracito moreno, delgadito, para señalar unas pastas de sopa, y un arroz.
No quería dinero, no quería andar pesudo, andar presumiendo unas monedas.
Quería mandado.
La señora, sorprendida de su petición, no dudó en darle unas bolsas retacadas de comisaria, algunas bolsas de jabón medio abiertas, otros productos de unas marcas que pocos quieren, que porque la tele dice que otros son mejores, pero que para Pocholo, eran oro molido.
Se dió tiempo la señora de ir a la casa de Pocholo a contar lo que había pasado.
A felicitar a doña Lala, por tener a unos hijos tan trabajadores.
Pocholo adopto un andar muy erguido.
Ya era de otro nivel él.
Ya contaba como hombre que arrima a la casa cosas necesarias, y que mas necesario que la comida.
Así son en Pueblo Viejo.
Tranquilos, tranquilos, pero no quitan el dedo del renglón.
Saben lo que quieren, saben a donde se dirigen, por eso no tienen prisa.

domingo, 26 de julio de 2009

Pocholo ( a )



POCHOLO

Me viene a la memoria, para explicar la psicología de los chiquitines, cuando uno de los más pequeños, Pocholo, consiguió trabajar en un rodante que cada semana, proveniente de Tampico, hacia mercadeo en el pueblo.
Le quedaba el rodante a doña Lala como a dos cuadras.
Pocholo tendría como 8 o 9 años de edad, y brincaba como chapulín de gusto, por haber sido elegido, por unos comerciantes del rodante, para acomodar mercancía, barrer el pedacito que les tocaba, etc.
Se preocupaba por los días de la semana, quería que llegaran los días rápido.
Que llegara el día del rodante.
¡Su primer día!
Madrugó, más que ninguno.
Y eso, que el pescador, para las 4 y media o 5 de la mañana, parte para la laguna.
Se levantó el rodante hasta las 4 o 5 de la tarde.
Venir de tan lejos, para un ratito, pues no.
Había que aprovechar.
Al momento de pagarle a Pocholo con dinero, no aceptó.
Bueno, se desesperaba la señora que lo había estado ocupando; has trabajado mucho, hacia rato, que no tenia a alguien tan activo, ni siquiera quisiste ir a tu casa a comer, y eso que te queda bien cerca.
Yo quiero que cada semana me ayudes.
¿Porque no aceptas el dinero?
Y Pocholo, callado.
¿Cuanto quieres?
¿Se te hace poco lo que te doy?
Pocholo movió la cabeza.
No era cuestión de dinero.
A la señora, la paciencia se le acababa.
Creo que hablaré con tu mamá.
No quiero que diga que soy abusiva.
Cuando hablé con ella, me dijo…hay usted sabrá cuanto le da a mi hijo.
Aún es muy chico, y en ningún lado lo aceptan para chambear.
Así que, lo que usted le dé, es ganancia.
Y tú que no me contestas.
Pero yo me tengo que ir, ya es muy tarde, también quiero descansar.
Dime, Pocholo, por el amor de Dios, ¿que quieres?

sábado, 25 de julio de 2009

Doña Lala ( d y final )


Sobre un banco rustico, ponían una batea grande, donde lavaban la ropa.
La letrina era de hoyo. En el patio, enterraban un tambor destapado, encima ponían un como asiento de madera, para simular la tasa del sanitario, y las paredes y techo de esa letrina eran de palitos o tablitas.
Cada que era necesario, los hijos mas grandes, hacían un hoyo retirado de la casa, y ahí vaciaban el contenido del tambor, le agregaban mucha cal, y sepultaban muy hondo eso.
Lavaban el tambor perfectamente, y a estrenar letrina.
Para bañarse uno, ahí si que torció la puerca el rabo.
Con varas de otate secas, formaron una como armazón, que forraron por unos lados, con hules negros, y por otros lados, con retazos de telas.
Acondicionaron, una como planchita de cemento de unos 2 por 2 metros, para que sirviera de piso y no se fuera a hacer lodo.
Ya tenían llave de agua, pero esta se encontraba cerca del medidor de agua, y no tenían instalaciones para dentro de su solar, así que el baño, era de cubetazo limpio.
Y nada de techo.
Al viento libre.
Si hace frió, te amuelas.
Si hace un sol, que te queme la espalda, te aguantas.
Yo me bañaba apuradita, no fuera a pasar un helicóptero, y se fueran a dar un taco de ojo, en ese tiempo, cuando aun estaba apetecible.
Yo trabajaba en Tampico.
Doña Lala, nunca me quiso aceptar un dinero, por su hospedaje.
La abuelita de ella, doña Jesusa, fue amiga de mi abuelita Luz.
Y el papá de doña Lala, don Cliserio, don Quiche de cariño, se había casado con una hermana de mi abuelita Luz.
¿Éramos o no de la familia?
Pues ellos, me trataron como de la familia.
Con respeto y cariño.
Y tuvieron la mano abierta, para ofrecerme, lo que a su alcance estuvo.
Yo de mi sueldo, llevaba lo que me nacía, un cariñito por aquí, otra cosita por allá.
Sus hijos, dos mujeres y 5 o 6 varones, panzoncitos, piernitas flaquitas, morenitos, de sonrisa fácil, ya de adultos embarnecieron, que hasta parece que los soplaron, con una bomba de inflar llantas.
Su primer hija, se casó a los 15 años, y se fué lejos.
Y su hija más pequeña, la Güera, también vive de la pesca, con su esposo, que también le intelige a la vida en las orillas de la laguna de Pueblo Viejo.
(fotografía cortesía del profesor Martín Pérez San Martín,cronista de Pueblo Viejo,Veracruz)

viernes, 24 de julio de 2009

Doña Lala ( c )

Intentó inútilmente enseñarme a hacer redes, en el corto tiempo que viví con ellos.
Se ve tan fácil, y yo que se hacer manteles y carpetas tejidas a gancho; suéteres, chalecos y gorros con 2 agujas, pues no pude aprender a hacer redes para pescar.
Su esposo don Juan, alto también, con gruesas patillas, bigote canoso y que caía, como cepillito sobre su labio superior.
Muy amable, hable muy poco con el.
Son personas de pocas palabras, que prefieren no hablar, por no cometer un error y llegar a ofender de manera involuntaria a alguien.
Pero cuando saludan, se siente su apretón de mano gruesa, rasposa al tacto, por el manejo de las redes, y el limpiar de escamas los pescados.
Y esas manos son tibias, sinceras, francas, respetuosas.
Hasta, recuerdo con cariño, las pocas veces, que nos saludamos, como limpiaba su mano, en su pantalón, como temiendo ensuciarme.
Pueblo Viejo, Dios te ha bendecido con tus personas, que la mayoría son bien longevas.
Será el clima, la comida, la siesta, su carácter, su confianza en un mañana, que saben que será igual al ayer…
En otros lugares, y en otro tiempo, también he conocido personas que te saludan, melosos, sus manos frías, sudorosa, pegajosas, que no te sueltan pronto tu mano, te miran con lascivia, y de ribete, se despiden como acariciándote la mano, como si dijeran…así te puedo acariciar todo tu cuerpo.
¡Guácala de pollo!
Y he conocido otras personas, que te saludan, con un extender su mano, abierta, y levemente, rozan tus dedos.
Como si no quisieran tratos con uno.
Y no te miran a los ojos.
De todo habemos en el mundo.
Y cada uno de nuestros actos, pasos, miradas, movimientos, gestos, nos delatan.
Me encanta observar a las personas.
Digo mirar. Observar.
No criticar.
Ni la famosa critica positiva, que para mi no tienen nada de positiva.
Se es o no se es crítica.
Punto.
Para que tantos eufemismos.
Volvemos con doña Lala y don Juan.
Tenían afuera de su casa, unos troncos secos, que servían de asiento, bajo unas enramadas.
Más asientos se improvisaban con cualquier tablita vieja, acomodada sobre unas piedras grandes.

miércoles, 22 de julio de 2009

DOÑA LALA ( a )

DOñA LALA

Yo sé de primera mano, de esa vida, cuando por azares del destino, viví en casa de una familia de pescadores de Pueblo Viejo.
Vivian al lado de un salón de eventos, donde se festejaban bodas, quince años, y demás festejos importantes.
Un solar grande, que no estaba pegado a la laguna.
Y tenia de largo lo suficiente, como para entrar por una calle, y salir hacia la otra.
Las paredes de aquella casa, eran de tablas, de un color y de otro
Que denotaban su diferente origen.
Su techo, de lámina de cartón enchapotado.
Piso de tierra, que su dueña, doña Lala mantenía siempre barrido, aplanadito, salpicándole unas gotas de agua.
Constaba de un cuarto amplio, que servia una parte para recibir visitas, otra para comer, y a un costado, unas camas.
Constaba de otros dos cuartos, mucho más pequeños, habilitados como recamaritas y la cocina.
La cocina, que siempre olía a marisco.
En ningún lado, he comido sopa tan rica de camarones, güatape o las migadas, que eran tan grandes, que solo un cuarto de ellas, me podía comer.

Doña Lala, era alta, muy morena, en sus venas corría sangre de mulata hermosa; me contó que su madre era de color oscuro.
Caderona, se sentaba como toda una matrona, en un viejo sillón, forrado de mimbre que tenia en el patio.
Al terminar de comer todos, veía mi plato, que invariablemente dejaba yo, más de lo que me comía.
Y haciendo un mohín simpático, me decía;
¿A poco la te lenaste?
Te vas a enfelmal, comes mul poquito.
Las palabras, las pronunciaba, de un modo, que me hacia recordar, el modo de hablar de un niño pequeño, de los que apenas empiezan a hablar.
Fue criada por su abuela, porque su madre se fué, y en poquísimas ocasiones, le venia a dar una vuelta.
Su abuelita, se llamaba doña Chuy, delgadita, y criaba cochinos, cochinotes, y un día, un marrano, al querer la abuela, brincarlo, porque se atravesó a la salida de su casa, se incorporo, y la tumbo.
No murió de eso, y una buena tranquiza, el cochino se llevo, por parte de la abuela de doña Lala.
Y doña Lala, tenía unos chamorros gruesos, uno de ellos, con una marca de una manta raya, que una vez, en la laguna, pesco, y como estaba viva, brincoteando en la panguita de doña Lala, con su cola, en forma de lanza con flecha en la punta, le atravesó su chamorro, y un trozo de su carne, le arrancó.
Y solito se curó ese chamorro, sin medicinas, con solo la ayuda de Dios.
A pesar de unos calenturones, que hasta deliraba doña Lala.
Y esos chamorros gruesos, los cruzaba, para, sentada, cómodamente, poder con mayor facilidad tejer las redes.

martes, 21 de julio de 2009

Dos grupos,un salón ( e )

Maestro, no sea así, ya mero salen al recreo, o ya mero tocan la salida, y si se me pierden mis cosas, en mi casa tendré problemas.
El maestro: a ver si así entienden.
Algunas niñas, de 11 y 12 años, empezaban a limpiarse los ojos, disimuladamente.
No querían que las vieran llorar, y ser la burla de sus compañeros de salón.
Los mas desenvueltos, los que desde pequeños, les han enseñado a decirle pan al pan, y vino al vino; se dirigían al maestro, con sus rostros serios, curtidos por el sol de la laguna, y exponían los siguientes argumentos…
Maestro, usted disculpe, no debimos actuar así, pero en mi casa, nos hemos privado de algunas cosas muy necesarias, para que yo pueda venir a estudiar, y traer lo necesario.
Usted ha dicho, que un alumno sin lápiz, es como un soldado que va a la guerra sin fusil.
Y bajando más la voz, para no llamar mas la atención de sus compañeros; en ocasiones, mis hermanos y yo, preferimos andar en nuestra casa descalzos, para no maltratar los zapatos que traemos a la escuela.
La laguna da para comer, para vivir, pero no da para lujos.
Y estar comprando lápices, colores, reglas, cuadernos seguido, nadamas porque si, es un lujo.
Por favor, maestro, una vez mas se lo pedimos.
Déjenos ir por nuestras cosas…
El maestro veía en esos jovencitos, su otro rostro, el de la mirada de un hombre maduro, del que sabe ganarse el pan de cada día, del que se levanta de madrugada con sus padres, para ir a la laguna de Pueblo Viejo, y pasar horas aventando la red, que pesa lo suyo por la plomada.