Latidos de cariño y afecto que nutren al Alma.Gracias por su visita.

lunes, 27 de julio de 2009

( video ) Pocholo

Pocholo ( b )

Y Pocholo extendió su bracito moreno, delgadito, para señalar unas pastas de sopa, y un arroz.
No quería dinero, no quería andar pesudo, andar presumiendo unas monedas.
Quería mandado.
La señora, sorprendida de su petición, no dudó en darle unas bolsas retacadas de comisaria, algunas bolsas de jabón medio abiertas, otros productos de unas marcas que pocos quieren, que porque la tele dice que otros son mejores, pero que para Pocholo, eran oro molido.
Se dió tiempo la señora de ir a la casa de Pocholo a contar lo que había pasado.
A felicitar a doña Lala, por tener a unos hijos tan trabajadores.
Pocholo adopto un andar muy erguido.
Ya era de otro nivel él.
Ya contaba como hombre que arrima a la casa cosas necesarias, y que mas necesario que la comida.
Así son en Pueblo Viejo.
Tranquilos, tranquilos, pero no quitan el dedo del renglón.
Saben lo que quieren, saben a donde se dirigen, por eso no tienen prisa.

domingo, 26 de julio de 2009

Pocholo ( a )



POCHOLO

Me viene a la memoria, para explicar la psicología de los chiquitines, cuando uno de los más pequeños, Pocholo, consiguió trabajar en un rodante que cada semana, proveniente de Tampico, hacia mercadeo en el pueblo.
Le quedaba el rodante a doña Lala como a dos cuadras.
Pocholo tendría como 8 o 9 años de edad, y brincaba como chapulín de gusto, por haber sido elegido, por unos comerciantes del rodante, para acomodar mercancía, barrer el pedacito que les tocaba, etc.
Se preocupaba por los días de la semana, quería que llegaran los días rápido.
Que llegara el día del rodante.
¡Su primer día!
Madrugó, más que ninguno.
Y eso, que el pescador, para las 4 y media o 5 de la mañana, parte para la laguna.
Se levantó el rodante hasta las 4 o 5 de la tarde.
Venir de tan lejos, para un ratito, pues no.
Había que aprovechar.
Al momento de pagarle a Pocholo con dinero, no aceptó.
Bueno, se desesperaba la señora que lo había estado ocupando; has trabajado mucho, hacia rato, que no tenia a alguien tan activo, ni siquiera quisiste ir a tu casa a comer, y eso que te queda bien cerca.
Yo quiero que cada semana me ayudes.
¿Porque no aceptas el dinero?
Y Pocholo, callado.
¿Cuanto quieres?
¿Se te hace poco lo que te doy?
Pocholo movió la cabeza.
No era cuestión de dinero.
A la señora, la paciencia se le acababa.
Creo que hablaré con tu mamá.
No quiero que diga que soy abusiva.
Cuando hablé con ella, me dijo…hay usted sabrá cuanto le da a mi hijo.
Aún es muy chico, y en ningún lado lo aceptan para chambear.
Así que, lo que usted le dé, es ganancia.
Y tú que no me contestas.
Pero yo me tengo que ir, ya es muy tarde, también quiero descansar.
Dime, Pocholo, por el amor de Dios, ¿que quieres?

sábado, 25 de julio de 2009

Doña Lala ( d y final )


Sobre un banco rustico, ponían una batea grande, donde lavaban la ropa.
La letrina era de hoyo. En el patio, enterraban un tambor destapado, encima ponían un como asiento de madera, para simular la tasa del sanitario, y las paredes y techo de esa letrina eran de palitos o tablitas.
Cada que era necesario, los hijos mas grandes, hacían un hoyo retirado de la casa, y ahí vaciaban el contenido del tambor, le agregaban mucha cal, y sepultaban muy hondo eso.
Lavaban el tambor perfectamente, y a estrenar letrina.
Para bañarse uno, ahí si que torció la puerca el rabo.
Con varas de otate secas, formaron una como armazón, que forraron por unos lados, con hules negros, y por otros lados, con retazos de telas.
Acondicionaron, una como planchita de cemento de unos 2 por 2 metros, para que sirviera de piso y no se fuera a hacer lodo.
Ya tenían llave de agua, pero esta se encontraba cerca del medidor de agua, y no tenían instalaciones para dentro de su solar, así que el baño, era de cubetazo limpio.
Y nada de techo.
Al viento libre.
Si hace frió, te amuelas.
Si hace un sol, que te queme la espalda, te aguantas.
Yo me bañaba apuradita, no fuera a pasar un helicóptero, y se fueran a dar un taco de ojo, en ese tiempo, cuando aun estaba apetecible.
Yo trabajaba en Tampico.
Doña Lala, nunca me quiso aceptar un dinero, por su hospedaje.
La abuelita de ella, doña Jesusa, fue amiga de mi abuelita Luz.
Y el papá de doña Lala, don Cliserio, don Quiche de cariño, se había casado con una hermana de mi abuelita Luz.
¿Éramos o no de la familia?
Pues ellos, me trataron como de la familia.
Con respeto y cariño.
Y tuvieron la mano abierta, para ofrecerme, lo que a su alcance estuvo.
Yo de mi sueldo, llevaba lo que me nacía, un cariñito por aquí, otra cosita por allá.
Sus hijos, dos mujeres y 5 o 6 varones, panzoncitos, piernitas flaquitas, morenitos, de sonrisa fácil, ya de adultos embarnecieron, que hasta parece que los soplaron, con una bomba de inflar llantas.
Su primer hija, se casó a los 15 años, y se fué lejos.
Y su hija más pequeña, la Güera, también vive de la pesca, con su esposo, que también le intelige a la vida en las orillas de la laguna de Pueblo Viejo.
(fotografía cortesía del profesor Martín Pérez San Martín,cronista de Pueblo Viejo,Veracruz)

viernes, 24 de julio de 2009

Doña Lala ( c )

Intentó inútilmente enseñarme a hacer redes, en el corto tiempo que viví con ellos.
Se ve tan fácil, y yo que se hacer manteles y carpetas tejidas a gancho; suéteres, chalecos y gorros con 2 agujas, pues no pude aprender a hacer redes para pescar.
Su esposo don Juan, alto también, con gruesas patillas, bigote canoso y que caía, como cepillito sobre su labio superior.
Muy amable, hable muy poco con el.
Son personas de pocas palabras, que prefieren no hablar, por no cometer un error y llegar a ofender de manera involuntaria a alguien.
Pero cuando saludan, se siente su apretón de mano gruesa, rasposa al tacto, por el manejo de las redes, y el limpiar de escamas los pescados.
Y esas manos son tibias, sinceras, francas, respetuosas.
Hasta, recuerdo con cariño, las pocas veces, que nos saludamos, como limpiaba su mano, en su pantalón, como temiendo ensuciarme.
Pueblo Viejo, Dios te ha bendecido con tus personas, que la mayoría son bien longevas.
Será el clima, la comida, la siesta, su carácter, su confianza en un mañana, que saben que será igual al ayer…
En otros lugares, y en otro tiempo, también he conocido personas que te saludan, melosos, sus manos frías, sudorosa, pegajosas, que no te sueltan pronto tu mano, te miran con lascivia, y de ribete, se despiden como acariciándote la mano, como si dijeran…así te puedo acariciar todo tu cuerpo.
¡Guácala de pollo!
Y he conocido otras personas, que te saludan, con un extender su mano, abierta, y levemente, rozan tus dedos.
Como si no quisieran tratos con uno.
Y no te miran a los ojos.
De todo habemos en el mundo.
Y cada uno de nuestros actos, pasos, miradas, movimientos, gestos, nos delatan.
Me encanta observar a las personas.
Digo mirar. Observar.
No criticar.
Ni la famosa critica positiva, que para mi no tienen nada de positiva.
Se es o no se es crítica.
Punto.
Para que tantos eufemismos.
Volvemos con doña Lala y don Juan.
Tenían afuera de su casa, unos troncos secos, que servían de asiento, bajo unas enramadas.
Más asientos se improvisaban con cualquier tablita vieja, acomodada sobre unas piedras grandes.

miércoles, 22 de julio de 2009

DOÑA LALA ( a )

DOñA LALA

Yo sé de primera mano, de esa vida, cuando por azares del destino, viví en casa de una familia de pescadores de Pueblo Viejo.
Vivian al lado de un salón de eventos, donde se festejaban bodas, quince años, y demás festejos importantes.
Un solar grande, que no estaba pegado a la laguna.
Y tenia de largo lo suficiente, como para entrar por una calle, y salir hacia la otra.
Las paredes de aquella casa, eran de tablas, de un color y de otro
Que denotaban su diferente origen.
Su techo, de lámina de cartón enchapotado.
Piso de tierra, que su dueña, doña Lala mantenía siempre barrido, aplanadito, salpicándole unas gotas de agua.
Constaba de un cuarto amplio, que servia una parte para recibir visitas, otra para comer, y a un costado, unas camas.
Constaba de otros dos cuartos, mucho más pequeños, habilitados como recamaritas y la cocina.
La cocina, que siempre olía a marisco.
En ningún lado, he comido sopa tan rica de camarones, güatape o las migadas, que eran tan grandes, que solo un cuarto de ellas, me podía comer.

Doña Lala, era alta, muy morena, en sus venas corría sangre de mulata hermosa; me contó que su madre era de color oscuro.
Caderona, se sentaba como toda una matrona, en un viejo sillón, forrado de mimbre que tenia en el patio.
Al terminar de comer todos, veía mi plato, que invariablemente dejaba yo, más de lo que me comía.
Y haciendo un mohín simpático, me decía;
¿A poco la te lenaste?
Te vas a enfelmal, comes mul poquito.
Las palabras, las pronunciaba, de un modo, que me hacia recordar, el modo de hablar de un niño pequeño, de los que apenas empiezan a hablar.
Fue criada por su abuela, porque su madre se fué, y en poquísimas ocasiones, le venia a dar una vuelta.
Su abuelita, se llamaba doña Chuy, delgadita, y criaba cochinos, cochinotes, y un día, un marrano, al querer la abuela, brincarlo, porque se atravesó a la salida de su casa, se incorporo, y la tumbo.
No murió de eso, y una buena tranquiza, el cochino se llevo, por parte de la abuela de doña Lala.
Y doña Lala, tenía unos chamorros gruesos, uno de ellos, con una marca de una manta raya, que una vez, en la laguna, pesco, y como estaba viva, brincoteando en la panguita de doña Lala, con su cola, en forma de lanza con flecha en la punta, le atravesó su chamorro, y un trozo de su carne, le arrancó.
Y solito se curó ese chamorro, sin medicinas, con solo la ayuda de Dios.
A pesar de unos calenturones, que hasta deliraba doña Lala.
Y esos chamorros gruesos, los cruzaba, para, sentada, cómodamente, poder con mayor facilidad tejer las redes.

martes, 21 de julio de 2009

Dos grupos,un salón ( e )

Maestro, no sea así, ya mero salen al recreo, o ya mero tocan la salida, y si se me pierden mis cosas, en mi casa tendré problemas.
El maestro: a ver si así entienden.
Algunas niñas, de 11 y 12 años, empezaban a limpiarse los ojos, disimuladamente.
No querían que las vieran llorar, y ser la burla de sus compañeros de salón.
Los mas desenvueltos, los que desde pequeños, les han enseñado a decirle pan al pan, y vino al vino; se dirigían al maestro, con sus rostros serios, curtidos por el sol de la laguna, y exponían los siguientes argumentos…
Maestro, usted disculpe, no debimos actuar así, pero en mi casa, nos hemos privado de algunas cosas muy necesarias, para que yo pueda venir a estudiar, y traer lo necesario.
Usted ha dicho, que un alumno sin lápiz, es como un soldado que va a la guerra sin fusil.
Y bajando más la voz, para no llamar mas la atención de sus compañeros; en ocasiones, mis hermanos y yo, preferimos andar en nuestra casa descalzos, para no maltratar los zapatos que traemos a la escuela.
La laguna da para comer, para vivir, pero no da para lujos.
Y estar comprando lápices, colores, reglas, cuadernos seguido, nadamas porque si, es un lujo.
Por favor, maestro, una vez mas se lo pedimos.
Déjenos ir por nuestras cosas…
El maestro veía en esos jovencitos, su otro rostro, el de la mirada de un hombre maduro, del que sabe ganarse el pan de cada día, del que se levanta de madrugada con sus padres, para ir a la laguna de Pueblo Viejo, y pasar horas aventando la red, que pesa lo suyo por la plomada.

sábado, 18 de julio de 2009

(video) Lic. Argelia Bortoni

(Video) Sr. Eduardo Saldaña Arteaga/Lesbia Lubina Rivas Guevara

(video) Sacerdote José Antonio

(video) Cronista y Lic. Carolina Infante Pacheco/Profra. Olga Neli Casados

( video ) Sra. Amparo González Berumen

( video ) Sr. Raúl Hernández Guerrero

( video) Pintor Jorge Yapur Sherife

( video ) Dra. Ana Elena Díaz Alejo

( video ) Ma. de la Luz Mayorga de Hernández,( video )Libro "Pueblo Viejo 1 y 2,

( video) Lic. Argelia Bortoni/Libro "Pueblo Viejo" vol.1 y 2